Cruzando el Río.

(una guía práctica a los distintos barcos de Buquebus para cruzar el Río de la Plata)

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Terminal de Puerto Madero
La terminal de Buenos Aires de Buquebus y Seacat es ultra modernosa, fría y desagradable. Tiene esas curiosas placas de metal con agua chorreando constantemente. En su segundo piso, la sala de espera. La gente se acumula, espera, hace una cola interminable de 30 minutos para darse el lujo de tener una mejor ubicación en el barquito.
Tanto en la terminal de Buenos Aires, como en la de Montevideo, como en cualquiera de los barcos, los precios para tomarte un café y comer una medialuna son exhorbitantes y ridículos. 45$ Argentinos (unos 135$ Uruguayos) por un café y 2 medialunas chiquitas. Con los viajes me acostumbré a surtirme siempre antes de viajar, con al menos una botella de agua rellenada inteligentemente antes de salir. Si tengo hambre, es morir en algún alfajor comprado en la parte inferior de la terminal.

Flecha de Buenos Aires

No conozco bien la historia, pero creo que originalmente «Seacat» – la empresa – incluía solamente este barquito, el Flecha de Buenos Aires. Más que un barco, es un barquito, un bondi. Entrás por adelante, tiene unas filas de 3 asientos a los costados, más una gran fila central, cortada por el minúsculo Freeshop que se dedica más que nada a vender alcohol y chocolates. Por su tamaño, el Flecha de Buenos Aires se mueve, y bastante. La única vez en que vi a los encargados del barco repartir alegres bolsas para vomitar fue en el Flecha de Buenos Aires. Pero también, por su tamaño, este barquito es el más ágil y rápido, ya que al ser menos pasajeros el embarque y desembarque es mucho más breve. Eso si: Lleno puede ser un infierno de gente empujandose, gritando, y luchando para colocar el equipaje en la parte superior. A veces se arma una divertida cola alrededor del freeshop (una cola que cubre todo el barco, prácticamente) donde la gente compra su surtido de Jim Bean, London Dry Gin y bolsas de Snickers,  Mars y After Eights para regalar previsiblemente a compañeros de trabajo.

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Construyendo historias de edificios

(god...) Sometimes I Really Hate It Here (The Heavy Paper) 10-11

En Jimmy Corrigan había algo que impedía que empatice totalmente con los personajes: la tristeza, tan opresiva y perenne, se me hacía muy lejana a mi propia experiencia. Podía simpatizar con el gordito silencioso, podía apreciar estéticamente la preciosa recreación de la Exposición Universal de Chicago, y envidiar la elegante manera en que Chris Ware revela, casi al pasar, la dimensión trágica de la relación entre Jimmy y la hija adoptiva de su padre, familia suya sin saberlo, en un giro faulkneriano perfecto. Pero todo esto visto desde la perspectiva del entomólogo que estudia una colonia de hormigas a través de un cristal, sin haber sentido nunca lo que siente una hormiga. La desesperación de Corrigan, su completa incapacidad para relacionarse con los demás, lo volvían, para mí, bueno, una caricatura, un personaje.
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Dieciseis Años Después.

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Blur, Buenos Aires, 2 de Noviembre de 2013.

1. La situación de recital en festival es una cosa espantosa e inhumana que te sustrae continuamente de la experiencia. Esto es una queja común y repetida hasta el hartazgo pero en este caso no me refiero a la audiencia, uno de los motivos más comunes de fastidio. Siempre hay “audiencia turista”, hasta en el recital más pequeño (¿quién no se ha quedado bebiendo en la barra o charlando con amigos cuando toca alguna banda pequeña que no le interesa?), si uno no está dispuesto a soportar idiotas, un poco que debería retirarse de la experiencia de recitales (y de la sociedad). El problema es que es muy difícil que una banda llene un lugar tan grande con energía, pocas lo logran. Requiere una habilidad sobrehumana para manejar audiencias.

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Bastardos Melancólicos.

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(Contiene spoilers menores. Para una serie que terminó hace 7 años. El título fue robado a un libro de mi amigo José Villafañe, que se puede bajar aquí.)

1. Sociedad.

Esto es quizás una revelación baladí, pero últimamente estuve pensando que las series que realmente valen la pena tienen algo que decir al respecto del concepto de sociedad. Desde una sociedad moderna que aplasta a los hombres mientras gira en un perfecto funcionamiento viciado (The Wire), pasando por una sociedad familiar con sus propias reglas que van en contra de las reglas de la sociedad más amplia (The Sopranos) hasta una sociedad en un punto límite entre la descomposición y la transformación en algo nuevo (Mad Men).

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7 Tesis Sobre Batman/Morrison.

Batman And Robin Will Never Die

If there’s one thing I hate is art without content.
Batman, Batman #656.

Hace apenas un mes terminó el Batman de Morrison, una mega saga que el escocés tejió con uno de los personajes que, a primera vista, parecen menos adecuados para su sensibilidad épica y múltiple. Cuando lo tomó, en el 2006, casi nadie se imaginaba que iba a durar tanto en el personaje. Al final se quedó siete años, lo máximo que Morrison estuvo en cualquier serie regular.

El final, lamentablemente, fue bastante ignorado por todos, desde DC Comics hasta los fans, pasando por la comunidad artística. Comparado con la fiesta que se armó cuando Geoff Johns dejó Green Lantern, con un número especial lleno de dedicatorias y palabras bonitas, el último número de Batman Incorporated se publicó como si fuese algo vergonzoso a lo que había que darle un final, un vestigio de épocas pasadas, algo que no encaja en la nueva visión de las cosas de DC. Además, su final circular, anticlimático y extrañamente poco sentimental dejó a bastantes con gusto raro en la boca que hace olvidar los extremos a los cuales Morrison llevó a Batman a lo largo de estos años.

Por lo tanto, decidí releer todos sus setenta y pico de números para ver que se puede rescatar de este Batman, que, como todo lo que ha escrito Morrison, es mucho, pero que, asimismo y quizás por primera vez en una obra del escocés, encierra una contracara un poco descorazonadora.

(Spoilers, etcétera). 

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