Des-hecho.

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La progresiva diferenciación subjetiva y la expansión del dominio de los estímulos estéticos llevaron a que estos fueran manipulables. Podían ahora ser producidos por el mercado cultural. La sintonización del arte con las reacciones individuales más fugaces colaboró con su reificación. La creciente similitud del arte con un mundo físico percibido subjetivamente lo ha llevado a abandonar su objetividad, acreditándolo ante el público.

Theodor Adorno citado por Andreas Huyssen en Después de la Gran División (Citado aquí con el perdón de @theoldmacnulti, verdadero adorniano).

¿Qué pasa cuando una canción te acompaña por casi 20 años? ¿Qué pasa con vos, por un lado, que se supone que has cambiado a lo largo del tiempo, que sos otra persona, que todas las capas subjetivas se han ido reemplazando como los caparazones de un escarabajo en crecimiento? Pero, también ¿Qué pasa con la canción? ¿Acaso cambia? ¿Es posible que en esa misma composición repetida durante tanto tiempo, en esas mismas notas grabadas hace quién sabe cuanto, de golpe surja algo nuevo? ¿En su repetición obsesiva?

Todavía recuerdo cuando me puse en contacto con el Blue Album de Weezer por primera vez en la vida. Tenía 12 años, iba a un programa de radio conducido por amigos mucho más grandes de Tucumán y hablaba de historietas con voz de preadolescente. En eso se intercambiaban discos que se llevaban y ahí estaba el Blue Album en versión CD original, a escasos 3 años de haber sido editado originalmente. Creo que habían pasado un par de canciones en la radio y me había encantado. Entonces pedí el CD prestado y le hice una copia en cassette, cassette que gasté poniéndolo mil veces en mi equipo Sony gris (que en realidad era de mi hermana, un regalo de cumpleaños que usó poco durante años). Creo que lo que más me deslumbraba en aquel entonces, por ser un joven nerd, era la estrofa “I’ve got Kitty Pride / And Nightcrawler too / Waiting there for me / Yes I do” de In The Garage. Pero como buen pre-adolescente, había muchas de las cosas más ñoñas y de las añoranzas más neuróticas de Cuomo también me llegaban y mucho.

Dos años después estaba haciendo cola en la primera disquería gigante con sección de discos alternativos que abrió en Tucumán (sección que estaba administrada por Jorge Piñero, cantante de Estación Experimental, enorme banda pop tucumana) para comprar el Pinkerton. Lo había visto en las bateas durante semanas, yo ya estaba en la secundaria, y había juntado moneda sobre moneda para poder comprarlo. Ya ni recuerdo que salía. 20 pesos. 25, ponele. Cuando finalmente la cola llega a la caja, comienzo a contar las monedas y me doy cuenta que me faltaba algo así como 2 pesos, 3. Nervioso, descorazonado, comienzo a mirar para todos lados, a balbucear, a pedirle al tipo que por favor me de una chance y de golpe un señor que estaba atrás esperando para comprar quién sabe que cosa me pasa dos monedas y compro el disco. Esa fue la banda sonora, probablemente, de mis momentos más patéticos de secundaria. Es un disco que se presta mucho para ello.

Con el tiempo, he llegado a pensar que hay curiosos paralelismos entre Rivers Cuomo y Kurt Cobain (el ídolo al que no llegué por unos cuantos años y con el cual, durante mi adolescencia, me unió una relación conflictiva: me gustaba su música pero no entendía su mística, y eso me producía rechazo): ambos son neuróticos retraídos que deciden exteriorizar una historia de incomprensión y percances físicos (si bien no se compara con la terrible condición de Cobain, Cuomo nació con una pierna 4 centímetros más corta que la otra, y tuvo que someterse a un tratamiento luego de la salida de The Blue Album que consistió en partirle el hueso y el uso durante meses de un armazón de metal); ambos construyen su música a partir de una cierta búsqueda y re-contextualización de su colección de discos, pero a la vez le agregan tanto de su subjetividad y su sufrimiento que no es solo una reversión de Buddy Holly o The Melvins/Hüsker Dü, sino algo nuevo; ambos llegaron a un momento en el cual simplemente no pudieron seguir adelante tanto con su propia cabeza con como el circo de la fama y la distancia que eso produce con sus orígenes y sus fans. La diferencia es que uno se pegó un tiro y el otro decidió encerrarse en la academia, conseguir su título, supongo que analizarse y volver a los cuantos años reconciliado con el sistema y dispuesto a seguir sacando discos que van decayendo en calidad. En retrospectiva, no sé que es peor. La diferencia más profunda probablemente es de condición social: mientras Cobain era un tipo pobre, un white trash abandonado, Cuomo es un producto del hippismo derrotado clase media y fue criado en un ashram con padres new age.

Pero, en fin, la canción de la que quería hablar aquí está dentro del Blue Album y es a la vez una suerte de anomalía dentro del disco y uno de sus temas más conocidos, a raíz de ser single, de ser irresistible, y probablemente también de su condición incompleta. Estoy hablando, puntualmente, de Undone (The Sweater Song), esa oda a la desidia, el aburrimiento y la tristeza paralizante que forma el punto intermedio, de inflexión, dentro de semejante disco.

Cuomo en algún momento dijo que lo que más lo sorprendía de The Sweater Song era como había sido aprehendida por sus fans como una especie de “canción en joda”, algo hilarante en su composición y en sus frases entrecortadas, cuando en realidad era una canción muy triste para él. Pero es que hay algo en lo incompleto que invita a múltiples interpretaciones. En principio, y esto es otra cosa inesperada, es cuan ÉPICA es la canción. O sea, es una canción que se puede poner en cualquier momento, haciendo cualquier cosa, y siempre va a parecer que estás haciendo algo definitivo, o al menos cargado de catarsis. Yo lo probé cortando espinacas y les juro que funciona.

Al mismo tiempo, es una canción totalmente de abandono, de desidia. Toda la situación que describe es una situación de estupefacientes, de porro y pastillas que te bajan y whisky barato, esas frases pronunciadas a la mitad, ese narrador que apenas murmura en las dos ocasiones en que interactúa con humanos en el medio de la fiesta en la que parece que la canción se desarrolla. Pero al mismo tiempo es una situación un poco hilarante, de la forma en que las incomprensiones profundas son hilarantes, en el sentido en que los fragmentos de conversación de una fiesta, visto desde afuera, son incoherentes. Es solo el narrador, que está tan deprimido y apático, el que no puede verlo y le da el tono de tristeza épica a la canción. Al mismo tiempo, las estrofas que entona Cuomo son todas cortadas, incompletas, como alguien que comienza a hilar un pensamiento pero inmediatamente se encuentra tan, pero tan cansado, que no puede terminarlo. Solo los estribillos son completos y esos estribillos hablan de inacción: “Hold this thread as I walk away / Watch me unravel / I’ll soon be naked / Lying on the floor / I come undone”. Y esa misma frase, esa misma admisión de patetismo e impotencia de alguna manera es caricaturesca: un tipo al que se le va desarmando el pullover (que siempre, por supuesto, en mi cabeza, es un pullover azul) solo por la resistencia de un niño travieso que sostiene un hilo, un tipo que está tan derrotado que prefiere estar tirado en el suelo en posición fetal con su torso desnudo.

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Es una canción, a la vez, que es sorprendentemente compleja, lo cual no quiere decir complicada. Tiene la parte “donde hablan en la fiesta”, que es repetitiva, que tiene esa guitarra principal que me recuerda a una canción surf lenta, que es la parte más propiamente apática de la canción, que tiene guitarras sin distorsión y que comienza con esos golpecitos de batería tan hermosos del principio. Después está la “parte de las estrofas” que es cortita y agrega una guitarra súper cristalina antes de pasar a “la parte del estribillo”, donde ponen la distorsión y gritan, pero al mismo tiempo la batería sigue siendo morosa, para volver finalmente a “la parte de la fiesta”, en un movimiento que parece oscilar entre la tristeza y el enojo durante los primeros dos minutos. Pero después entra en un puente que desestructura la canción para siempre, donde del estribillo cae en un solo medio épico y power pop que vuelve al estribillo con más fuerza y furia. Y de ahí la canción solo arranca para siempre y cada vez se vuelve más desquiciada y catártica, al mismo tiempo que conserva la base de batería y bajo que da la pauta de que-todo-va-a-seguir-siendo-igual. Y eso desemboca en un grito gigante de Cuomo y en un solo completamente motosierra que se vuelve más motorizado hasta que finalmente la canción colapsa en un montón de notas de piano, que suenan como si viniesen del living vacío de una mansión.

Todas estas emociones están bellamente representadas en el video. Claro, todos recuerdan a Buddy Holly y su mash-up de cultura pop instantáneo, pero el video de Undone, también dirigido por Spike Jonze, en uno de sus primeros trabajos de director, también es genial. En una sola toma, una cámara molesta se acerca como si fuese una mosca y planea sobre la banda, da vueltas, se introduce entre los instrumentos. Hay muchos pequeños detalles del video que hablan del desajuste emocional que expresa la canción: el corte de pelo taza de Cuomo, los pantalones de botamanga corta que utilizan Matt Sharp y Brian Bell, la manera en que Sharp parece no interesarle en lo más mínimo tocar el bajo y se sienta en el piso en posición de indio, los auriculares que usa Patrick Wilson, la manera en que se para en un momento en la banqueta de su batería y baila mientras golpea, la manera en que se cae hacia el final, los perros que parecen no escuchar nada de lo que están tocando. Es una postal de la desidia y el hastío.

Porque, en realidad, Undone es una canción sobre la neurosis, un tema bastante tocado en la música, pero que sin embargo no tiene tanto caché como la locura y la pasión. Es una canción sobre ir a una fiesta y quedarse en una esquina sin charlar con nadie, sobre que de golpe te agarre una angustia inexplicable cuando estás viajando en un colectivo, sobre no querer estar solo pero tampoco tener ganas de ver gente. Es una canción sobre deprimirse de golpe y que te falte el aire. Sobre irse de una reunión sin saludar a nadie. Sobre el silencio y el autodesprecio. Es una hazaña que hayan logrado hacer una canción sobre todas estas cosas y al mismo tiempo sea una canción que no deprime, sino que hasta puede ser cómica.

Al final, no sé si las canciones que a uno le gustan durante mucho tiempo cambian de la misma manera que uno cambia. En el fondo, es imposible, están grabadas de una vez y para siempre, cada re-escucha es una re-actualización de un momento único, de una grabación cerrada y pasada. Quizás lo que sucede es que cada canción contiene una verdad universal y permanente, pero nuestros cerebros son demasiado pequeños para escuchar por completo cada una de las partes de la misma, y como cada una de esas partes amplifican o disminuyen el tono de esa verdad única. En otras palabras: nunca escuchamos realmente una canción las primeras veces que la escuchamos. Y a medida que va pasando el tiempo uno cambia y va proyectando cosas en esa canción, que le son devueltas de manera siempre diferente por ese espejo permanente, simplemente porque si una canción es un relieve que se pone en contacto con nuestro cerebro de la misma manera que un surco de vinilo se pone en contacto con la púa, la condición de nuestro cerebro, la onda cognitiva que empapa la canción, siempre descubrirá y resaltará elementos diferentes de ese relieve que erosiona periódicamente. Y, quizás, esto también habla de un núcleo básico de quienes somos, para siempre, que no cambia, del mismo modo que no cambia una canción pop.

En otras palabras: no sé que lectura podría haber hecho de Undone (The Sweater Song) hace un año, pero en estos últimos meses en los que me he sentido un poco solo, un poco pasivo, un poco perdido, he descubierto que tenía muchas cosas para decir sobre ella, como cuando era adolescente y las sentía pero no sabía describirlas.


4 comentarios en “Des-hecho.

  1. Guile

    ¿Debo ir al infierno por acabar de descubrir este tema? Es increíble lo que los preconceptos logran.
    Tremenda descripción, me gustó lo de no querer estar solo pero tampoco ver gente, y tirar la de humo en una fiesta.

  2. Lucas

    Ultimamente, bajo mi condicion de «casi treintañero», estoy llegando al mismo punto de fermentación mental con ciertas obsesiones de la adolescencia que me acompañan hasta ahora. Definitivamente Weezer ocupa un lugar especia -compartido por aquellas «malas compañias» de muchachos fumanchones de 25-28 que frecuentaba a mis 15-16- como profeta de la desidia espiritual.

  3. Autor del Post Amadeo

    Guile: para nada, no deberías sentirte mal, si lo importante es conocer las cosas, no cuando se conocen. Incluso cuando uno las conoce luego produce distorsiones como que te guste mucho una canción aunque quizás no lo amerite o una acumulación de historia que hace que esa canción sea demasiado significativa y otras trampas de la memoria.

    Lucas: a mi me preocupa un poco darme cuenta como me estoy poniendo cada vez más nostálgico. siempre lo fui, pero en los últimos 2-3 años fue increíblemente más fuerte. que se yo, supongo que es inevitable volverse viejo.

  4. Ricardo Gandolfo

    Queridos amigos: yo creo que no hay que deprimirse tanto! Siempre es posible reinventarse, sin copiarse a sí mismo (que es lo que les pasa a algunos cuando descubren que han crecido y que ya no son los mismos), y también, sin volverse sintónicos con los demás. Siempre hay oportunidades! A mi, por ejemplo, cuando niño me gustaba la música clásica (casi lo unico que había en la casa paterna) luego la abandoné para dedicarme al pop y al rock y al blues, y ahora la redescubro, sobre todo en sus compositores mas contemporáneos.
    Qué es uno mismo? Esa es la gran pregunta: y si logran conocer eso, se alejarán por el horror que les provoca y buscaran lugares con más aire (para usar la metáfora de Amadeo). Un abrazo y sigan con el blog y esas notables reflexiones.

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