Modernistas 15: Diego Parés.
(Por Amadeo Gandolfo y Pablo Turnes. Originalmente aparecida en Entrecomics. Esta entrevista no hubiese sido posible sin los buenos oficios de Pablo, quién desgrabó, escribió la introducción y seleccionó las imágenes.)
Diego Parés (Haedo, 1970) comenzó sus trabajos como dibujante en 1984, y tres años después comenzó a trabajar para la mítica revista Humor (1978-1999) y otras publicaciones de Ediciones de la Urraca. En 1995, con la crisis económica desencadenándose y con la industria editorial puesta en jaque por las políticas noeliberales, creó el fanzine ¡Suélteme! junto a Dani the O [Daniel José Díaz], Pablo Fayó, Esteban Podetti, Darío Adanti, Emiliano Migliardo y Pablo Sapia. Según sus propias palabras, el fanzine “marcó el ocaso de la tierra prometida del panorama historietístico nacional.” Sin embargo, nunca dejó de trabajar con mayor o menos regularidad en diversidad de medios, siempre dejando un espacio para la producción propia. De ese recorrido ha sido recientemente editado por Llanto de Mudo una compilación del desborde gráfico de Parés, 500 Dibujos. Actualmente hace un cuadro diario para el periódico La Nación, además de su colaboración con el semanario satírico Barcelona y la dirección del suplemento Fierrito dentro de la revista Fierro, entre otras. Aprovechamos para hablar con el autor sobre la realidad de la industria editorial y la historieta argentina, mirando el pasado cada vez menos cercano., en un presente tan interesante como incierto.
El Hombre de las Diez Mil Canciones.

La cosa es así: Matt Farley es un tipo común y corriente, de unos 30 y pico de años, que vive en Denver, Massachusetts. Tuvo una banda de rock/pop durante más de diez años – Moes Haven – con la que sacó mas de 25 discos, todos totalmente ignorados por la crítica y el universo en general. En un momento se dio cuenta de que sus canciones más bajadas de su banda en Spotify eran sus canciones en broma, sus novelty songs, y que por 8 de esas canciones había ganado la fortuna de 2 dólares en un año. Cualquier músico se deprimiría ante esos datos y abandonaría la música para dedicarse a la repostería, pero Matt no es un músico normal, para nada: Pensó que si con 8 canciones gano 2 dólares, ¡si hiciera 10.000 canciones graciosas podría ganar mucho más! Y así como si nada comenzó su ridícula epopeya: Hizo más de 14.000 canciones, haciendo más de cien por día. Desde que supe de su existencia estoy totalmente fascinado con él y esto es lo que descubrí las últimas semanas.
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2013: Cornucopia.
(La «tapa» del compilado y la imagen que ilustra el post provienen del genial Michael DeForge y su Ant Comic, que recomiendo de forma fervorosa).
Este año ha sido realmente enloquecedor y prolífico para grandes discos y grandes canciones. Hacía mucho que no vivía un período solar en el cual he escuchado tanta música, tan variada, tan interesante. He consumido tanta música que me aburrí de algunos discos por sobre-escucharlos pero tuve tiempo antes de fin de año de volver a ellos y redescubrirlos. He estado escuchando discos nuevos hasta el día después de navidad y sin embargo no he logrado cubrirlo todo.
Des-hecho.
La progresiva diferenciación subjetiva y la expansión del dominio de los estímulos estéticos llevaron a que estos fueran manipulables. Podían ahora ser producidos por el mercado cultural. La sintonización del arte con las reacciones individuales más fugaces colaboró con su reificación. La creciente similitud del arte con un mundo físico percibido subjetivamente lo ha llevado a abandonar su objetividad, acreditándolo ante el público.
Theodor Adorno citado por Andreas Huyssen en Después de la Gran División (Citado aquí con el perdón de @theoldmacnulti, verdadero adorniano).
¿Qué pasa cuando una canción te acompaña por casi 20 años? ¿Qué pasa con vos, por un lado, que se supone que has cambiado a lo largo del tiempo, que sos otra persona, que todas las capas subjetivas se han ido reemplazando como los caparazones de un escarabajo en crecimiento? Pero, también ¿Qué pasa con la canción? ¿Acaso cambia? ¿Es posible que en esa misma composición repetida durante tanto tiempo, en esas mismas notas grabadas hace quién sabe cuanto, de golpe surja algo nuevo? ¿En su repetición obsesiva?
Cruzando el Río.
(una guía práctica a los distintos barcos de Buquebus para cruzar el Río de la Plata)
Terminal de Puerto Madero
La terminal de Buenos Aires de Buquebus y Seacat es ultra modernosa, fría y desagradable. Tiene esas curiosas placas de metal con agua chorreando constantemente. En su segundo piso, la sala de espera. La gente se acumula, espera, hace una cola interminable de 30 minutos para darse el lujo de tener una mejor ubicación en el barquito.
Tanto en la terminal de Buenos Aires, como en la de Montevideo, como en cualquiera de los barcos, los precios para tomarte un café y comer una medialuna son exhorbitantes y ridículos. 45$ Argentinos (unos 135$ Uruguayos) por un café y 2 medialunas chiquitas. Con los viajes me acostumbré a surtirme siempre antes de viajar, con al menos una botella de agua rellenada inteligentemente antes de salir. Si tengo hambre, es morir en algún alfajor comprado en la parte inferior de la terminal.
Flecha de Buenos Aires
No conozco bien la historia, pero creo que originalmente «Seacat» – la empresa – incluía solamente este barquito, el Flecha de Buenos Aires. Más que un barco, es un barquito, un bondi. Entrás por adelante, tiene unas filas de 3 asientos a los costados, más una gran fila central, cortada por el minúsculo Freeshop que se dedica más que nada a vender alcohol y chocolates. Por su tamaño, el Flecha de Buenos Aires se mueve, y bastante. La única vez en que vi a los encargados del barco repartir alegres bolsas para vomitar fue en el Flecha de Buenos Aires. Pero también, por su tamaño, este barquito es el más ágil y rápido, ya que al ser menos pasajeros el embarque y desembarque es mucho más breve. Eso si: Lleno puede ser un infierno de gente empujandose, gritando, y luchando para colocar el equipaje en la parte superior. A veces se arma una divertida cola alrededor del freeshop (una cola que cubre todo el barco, prácticamente) donde la gente compra su surtido de Jim Bean, London Dry Gin y bolsas de Snickers, Mars y After Eights para regalar previsiblemente a compañeros de trabajo.



