Lata Brillante.

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(Artículo publicado originalmente en la revista Haciendo Cine #136, de Mayo de este año, la versión que aquí se ve ha sido tuneada un poco, sin embargo. Contiene spoilers.)

Este año llegó al pueblo la última película de Marvel Studios y es apropiado conceder que la extensa secuencia narrativa construida por el estudio da un salto de calidad justamente con el personaje que fue su punta de lanza y el menos esperado para saltar a la pantalla de una manera exitosa: Iron Man.

Hay que tener en cuenta una cosa que mucha gente olvida, esto es, lo mucho que hicieron las películas de Iron Man por el personaje. Antes de su primera película, ¿quién mierda era Iron Man en los comics? Era un personaje mediocre, sin ninguna historia relevante, parte de una trinidad de Marvel que nadie sabe cuando se estableció ni por qué (la trinidad Iron Man-Captain America-Thor parece un intento de equipararse a la trinidad de DC en un momento en que esos personajes estaban en su punto más bajo de ventas y creativo) cuyo momento de mayor gloria era haber superado una adicción al alcoholismo bastante trucha. Era, en otras palabras, un personaje sin concepto, construido sobre una serie de detalles superficiales: rico, bon vivant, playboy, dualidad de identidad empleado-millonario. Pero nadie había logrado aprovechar esos elementos más que para que lidere un equipo de Avengers de la B que terminó horriblemente y para pararlo en escenas de grupo a que diga alguna cosa tecnológica.

Luego vino Warren Ellis, quién fue el que intentó, por vez primera, hacer de Iron Man algo más que un industrialista con suerte y un poco de culpa porque sus armas derramaron la sangre de algún habitante del tercer mundo. La idea de Ellis es que Tony Stark es un futurista, un visionario, un tipo que está siempre un paso delante de la innovación tecnológica y social, que de hecho ve las líneas en las cuales nuestra sociedad va a evolucionar y prevé para ello. El problema fue que lo de Ellis fue tan corto que poco quedó de sus ideas en escritores subsiguientes.

Y después vino la primera película y la serie nueva de Matt Fraction y de golpe algo hizo click. Probablemente fue Robert Downey Jr. y su interpretación de un Tony Stark sin remordimientos, divertido e irresponsable, pero que aprende a vivir de otra manera a lo largo de una serie de películas. Probablemente también haya tenido algo que ver la representación de Iron Man en The Ultimates, donde su alcoholismo era considerado parte esencial de su genio y no su opresión y tragedia, una imagen muy cínica a lo Mark Millar. Probablemente su papel en Civil War también tuvo que ver, llevándolo a un lugar cuasi villanesco del cual volver era muy difícil. Fraction, en lo que quizás sea su mejor trabajo en el comic (algún día escribiré algo acerca de cómo Matt Fraction me rompió el corazón y demostró ser un vendedor de verdura podrida de la peor calaña) construyó un Tony Stark atormentado por sus pesadillas y desarrolló todo su mega-arco argumental alrededor de la idea de que, tarde o temprano, todo aquello que Tony Stark había lanzado al mundo (las armas, los villanos, las relaciones destruidas por su vanidad, las soluciones atadas con alambre por creerse el mejor) iba a volver a morderlo en el culo y destruir su vida. Y como este personaje intentaba redimirse de todo ello. Una visión que, con el tiempo, las películas han terminado adoptando y que, en una envidiable muestra de sinergia, ha construido un Tony Stark dentro del universo Marvel que es mucho más profundo y singular que la simple lata de atunes que teníamos antes. Ahora Stark es un personaje ambiguo y que se ha unido a aquellos personajes de Marvel que mueven el mundo, a los súper espías y los reyes y los presidentes en las sombras.

Ahora, bien, Iron Man 3 llegó con un cambio de timón: afuera el poco descollante Jon Favreau, adentro Shane Black, guionista responsable de Arma Mortal 1 y 2, El Último Boy Scout y Last Action Hero, o sea, de algunas de las películas más destacadas de acción de finales de los 80s y principios de los 90s. Su único otro crédito como director es la paródica Kiss Kiss Bang Bang, donde trabajaría por primera vez con Robert Downey Jr, que no he visto, pero todo el mundo dice que está muy bien.

Favreau es un director cuya mejor característica en Iron Man 1 era no haberse metido en el camino. El tono decididamente “chistoso” de la segunda y su representación de un Tony Stark SOLAMENTE fiestero, lleno de tics y manierismos y canchero hasta la médula, nos había llevado a pensar que quizás Robert Downey Jr. estaba sumergiéndose en un túnel que lo iba a depositar en el “Mal de Johnny Depp”. Pero luego vino Avengers, y una de las cosas más disfrutables de esa película correcta fue observar a un Downey Jr. que, finalmente, actuaba de una manera más medida y humana, reconocible, vulnerable y convertía el viaje de Iron Man en esa película en su arco de personaje más completo (amen de una gran química con Mark Ruffalo).

Iron Man 3 arranca poco después de los eventos en The Avengers y nos muestra a un Tony Stark obsesionado, un poco fuera de contacto con la realidad, que sufre de síndrome post traumático luego de haber observado un agujero negro de cerca. En este conflicto podemos observar rastros de esa historia fundamental para el Iron Man de los comics, propuesta y abandonada (por presión de Disney) para ésta entrega: la del Tony Stark alcohólico y las consecuencias que su estilo de vida irresponsable tienen para su vida de superhéroe. Esta historia es considerada, para muchos fanáticos, como La Gran Historia de Iron Man y es curioso que haya sido descartada de la versión cinematográfica, denotando que ya es una bestia muy diferente a los comics. Este costado de la película, que succiona los elementos tradicionalmente inseguros de la personalidad de Tony Stark y lo presenta como un neurótico con continuos ataques de ansiedad, forma la columna vertebral del “viaje” del personaje y logra algo increíble: una película donde el héroe pasa grandes porciones sin su traje y sin embargo te atrapa, porque estás más interesado en Stark que en su contraparte metálica. Además, incluye un sub-plot con un niño inteligente pero no insufrible que está manejado de manera inteligente y cauta.

Lo interesante de la película es que, al fin, Marvel Studios ha logrado delinear de manera elegante un estilo para, al menos, uno de sus personajes. Iron Man, concebido por Marvel Studios y potenciado por Shane Black, es una mezcla de militarismo, velocidad de autos de carrera, tecnología, ciencia y actitud playboy. Sus políticas son difusas, pero esa es la manera en que hay que mantenerse a la hora de filmar una película como ésta. Iron Man no participa en contratos militares pero su tecnología es utilizada por el Ejército, hay cierto ataque velado a las grandes corporaciones norteamericanas de las armas y el petróleo pero a la vez el objetivo de nuestros héroes es proteger a un Presidente que se encuentra en cama con ellas. ¿Por qué? Probablemente porque la alternativa de utilizar gente como bombas propuesta por el villano Aldrich Killian (un muy buen Guy Pearce) es solo marginalmente peor. En ese sentido recuerda a la tesis del comic paródico The Boys de Garth Ennis, en el cual una corporación no puede vender sus superhéroes como armas por la oposición de la vieja corporación política militar y, además, porque los superhéroes son inútiles y no sirven como soldados.

En ese sentido la peculiar manera en la que el Mandarín, archivillano de Iron Man desde siempre, es incluido en la película, como un títere de Killian, una caricatura, un fantoche que representa todo lo que Estados Unidos teme del peligro terrorista, es a la vez un buen homenaje a sus orígenes (el Mandarín de los comics, durante mucho tiempo, fue una caricatura racial china con bigotes a lo Fu-Manchu y piel amarilla, mala palabra para muchos autores) y la admisión de las políticas deliberadamente simplistas de la película. Funciona temáticamente y, además, elude el riesgo siempre presente en las películas de superhéroes de tener cientos y cientos de villanos que luego no reciben una apropiada caracterización.

La estructura también denota la manera en que la película de superhéroes va en camino a convertirse en el estadio superior del Blockbuster; hija híbrida de la ciencia ficción, la película de acción sudorosa y el género de cosas que estallan. Al igual que en Avengers, Iron Man 3 carga toda su emoción en una escena de lucha final, a bordo de un barco petrolero, en la que no se ahorra fuego, sonidos fuertes, coreografías, rescates de último momento y, sobre todo, armaduras, muchas armaduras. Si Black logra algo en esta película es que las escenas de acción estén claramente filmadas y contadas y todas traten, en mayor o menor medida, de las contradicciones inherentes en Iron Man: entre lo pesado y lo veloz, lo mecánico y lo cerebral, lo despreocupado y lo responsable. Contradicciones que pueden ser resumidas en la pregunta, muy suspensora de la incredulidad, ¿Cómo puede ser que esa armadura permita volar así? Todas las escenas de acción tratan sobre Tony Stark luchando contra la gravedad, pedazos de su casa, un gigantesco tanque de agua, cosas que quieren demostrarle el peso y el volumen de los objetos. Todas son consecuencia del hubris de Stark y de su tendencia a meterse en situaciones de manera improvisada, sin saber como solucionarlas.

Iron Man 3 es una película más bien despreocupada, veloz, entretenida (¡hace cuanto que queríamos decir algo así de una película de Marvel Studios!) que sin embargo no intenta descubrir profundidades ocultas, lo cual está en evidencia en el hecho de que el arco psicológico de Stark finalmente se resuelve con una simpleza que raya en lo inconsistente. Pero logra, por primera vez, dejarnos una imagen en la cabeza, una serie de rasgos que definen a su personaje principal, un estilo. Y eso, para la fábrica de chorizos en la que se ha convertido el cine de superhéroes, no es poca cosa.


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