Inmaduros.

Este iba a ser un post en el cual «contestaba» a este artículo de Bret Easton Ellis sobre los millenials y su fragilidad emocional. Me había imaginado que el artículo de Ellis era una diatriba interminable y violenta contra los jóvenes y lo vacuo que son las nuevas generaciones, como han arruinado el legado cultural de años con su solipsismo y su entrega a Internet (está esa famosa frase de Kurt Vonnegut que dice que no hay nada más terrorífico que darse cuenta de que tus compañeros de secundaria manejan el país; yo agregaría como corolario que no hay nada más descorazonador que darse cuenta que tus contemporáneos se han vuelto un montón de viejos chotos que les gritan a los jóvenes que «salgan de su jardín»).

Pero una vez que leí la nota encontré que en realidad la visión de Ellis es una cosa mucho más equilibrada y empática de lo que parecería a primera vista por su título catástrofe. Por un lado, el autor de Less Than Zero tiene un novio de 27 años desde hace casi un lustro, por lo cual conoce la situación de cerca. Por otro lado, su visión es sardónica desde su clásica ironía de sabandija, no desde un lugar conservador. El punto de Ellis es que los jóvenes hoy en día (al menos en Estados Unidos) viven en un mundo en el cual se les hace sentir todo el tiempo que son especiales, se intenta que jamás se encuentren con la dureza de la vida y se los contiene sin darles las herramientas para poder sobrellevar la fealdad del mundo. Lo cual es contradictorio e irónico, ya que esta contención patológica se produce en un mundo en el cual estos mismos jóvenes cada día tienen menos oportunidades de crecimiento, de desarrollo y de carrera. Por lo tanto, la Internet como concurso de popularidad en el cual los egos son frágiles como el hojaldre. Para Ellis, toda buena creación artística proviene de una complicada mezcla de hedonismo y debate feroz y los chicos de hoy no están preparados para la crítica.

(Hablar de King Krule a esta altura del partido es llegar tarde. El pendejo viene haciendo música desde el 2010, cuando tenía 16 años, primero con el nombre Zoo Kid y ahora como King Krule. Es uno de los músicos cuyas canciones se me injertan en el cerebro como un gusano y no me abandonan y mucho tiene que ver con su voz. Canta como si tuviese un montón de algodón en la boca y no pudiese modular bien, como si su garganta fuese más grande que el sonido que produce y eso generase eco. Por momentos me recuerda mucho a lo que hacía Edwyn Collins en Orange Juice, esa cosa afectada y romántica. La música es igual de rara. A veces parece trip hop, a veces post punk de instrumentación mínima, de a ratos tiene beats de hip hop. Las canciones comienzan y terminan en un estado de confusión y morosidad. Para mi está encantado y canta sobre los complejos de departamentos de Londres. Tiene 20 años).

El punto de Ellis es atendible porque en gran medida es verdad. Hay una tendencia, impulsada por la Internet, a la compartimentación artística en nichos en donde todos los productores son amigos, consumen lo que hacen sus amigos, se dejan mensajes en Facebook y se gustan cosas, escriben todos en las mismas revistas online y, en general, intentan preservar las barreras de sus escenas. Pero Ellis también conoce el caso de Twitter, donde el narcisismo corre rampante pero en la forma de micro-batallas culturales sobre las cosas más absurdas. El tema del día, el puterío de la semana, flame-wars que se desarrollan como una sábana infinita. Para estar en Internet hoy en día, también, hay que tener una piel gruesa, un fuerte sentido de una ironía y una inmensa tolerancia a la idiotez.

De cualquier modo, hay algo, una incomodidad, una creciente certeza, en porciones de la esfera de la cultura pop que recorro de que «the kids are coming up from behind» (y, una vez más, todo esto lo diagnosticó de forma precisa James Murphy hace ya ¡12! años). Pero entonces, ¿que es? Por un lado me parece que es una batalla, una vez más, por aquello que es «lo real», «lo auténtico». Pareciera que estos chicos solo quieren recombinar porciones de cultura pop existente para realizar cosas nuevas, pareciera que la idea de la «curatoría» y el collage que se ha puesto tanto de moda con Tumblr, la noción de que uno es un conducto para las mareas de información que surcan la red, de alguna manera demuestra que son una generación incapaz de escribir su Ulises.

(Me encanta Chance The Rapper. Tiene dos mixtapes hasta la fecha: 10 Day y Acid Rap, de donde sale esta canción [el mixtape, esa nueva forma que hace que la discografía de un artista de hip hop se vuelva un universo de lanzamientos que se multiplican continuamente. A veces vuelven todo molesto, pero a la vez le dan poder al artista y a la comunidad que lo recibe]. Una vez más, la manera de cantar, ¿que carajo tiene que hacer esa voz nasal en el hip hop, ese fraseo de personaje de dibujito animado? Chance The Rapper canta como si estuviese conteniendo el humo del porro todo el tiempo, a punto de reír. La producción tiene momentos gospel y soul, sobre los que canta sobre porro, hongos, twitter, ácido y vender drogas; lleno de juegos de palabras muy imaginativos, hasta que el sentido colapsa y termina rimando onomatopeyas, como si fuese el viejo y bueno ODB. Tiene 21 años.)

Por otro lado, el problema parece ser uno de vanidad y pretenciosidad. Tomemos, por ejemplo, uno de los casos más destacados y maltratados: Girls. A mi me gusta Girls, banco Girls. Si, es verdad, Girls en gran medida es el retrato de la afluencia y el exceso de tiempo y el concentrarse en si mismo en detrimento del mundo exterior. ¿Pero saben que? De eso se trata tener 20 años. Yo recuerdo todas esas cosas de las que habla la serie: las fiestas, el drama, las combinaciones amorosas que causan catástrofes, los chismes, la sobreactuación, la angustia, el tiempo libre desperdiciado, la sensación de falta de rumbo, el absurdo. Por momentos parece una buena representación de crecer en San Miguel de Tucumán a lo largo de los 00s. Salinger escribió una novela en 1951 sobre eso y le dijeron genio hasta que se murió.

(Lo hermoso de esta canción es como habla de una sensación estándar para la adolescencia, como es ser objeto de chismes hirientes y habladurías tras la espalda de una forma totalmente exagerada y sobreactuada. «How could you know how it feels like / To fight the hounds of hell» canta Sky Ferreira y es a la vez risible y completamente desafiante. Porque el pop funciona así, proponiendo alianzas de elementos incompatibles, a menudo en la misma frase, y logrando que suenen como redención y superpoder. Ferreira aparece en la tapa de este disco desnuda, en una ducha, y la foto tiene mucho menos de selfie que de insoportable panóptico de la intimidad, lo cual también es Internet para los «nativos digitales». Tiene 22 años.)

Ayer vi Boyhood, sobre la cual se puede hacer un caso que trata de exactamente lo mismo. El protagonista, cuando llega a la adolescencia, es arrogante, incomunicativo, se cree muy especial y medita de forma «profunda» sobre la vida y la relación con las computadoras. Pero lo genial que tiene la película (entre tantas otras cosas que la hacen una obra maestra) es que plantea que esta es la manera cíclica en que las cosas suceden. En algún momento le pasó a tu viejo, en algún momento le va a pasar a tu hijo. Creerse invencible y especial a los 20 es normal, después se pasa. La mejor frase de la película, quizás, sea: «We’re all just winging it, man«.

(Este año me obsesioné con esta canción durante el invierno. Por un lado porque me parece fantástico como Lorde va en contra de la idea de lo que debería ser una cantautora indie encerrada en su cuarto. ¡Todo el tema está basado en distintos tipos de beats electrónicos!, ¡Prácticamente todo es percusión! Y sin embargo, es uno de esos himnos agridulces que tiene todo el sentido que se haya vuelto tan popular. Porque con cada generación que pasa parecería que el techo de las expectativas materiales se vuelve cada vez más bajo. «Llevo treinta años en esta tierra y solo he conseguido esta absurda sobre-educación». Nunca seremos reyes, nunca, ni siquiera, poseeremos las cosas que tenían nuestros padres a una edad similar. Es una contra-canción sobre los sueños dorados. Tiene 18 años.)

Creo que lo que se oculta larvado detrás de este desprecio es la sospecha de que tienen el cerebro enroscado de una manera diferente. Es una generación que crece por completo sin dos mitos a nivel-mundo: el de la escasez (de información) y el del progreso (personal, la carrera; y mundial, la tierra va hacia algún lado). El problema del hippismo era «salirse» de ese orden pre-establecido y proponer una manera alternativa, mejor, de vivir que, quizás, con el tiempo, se volvería estándar. El problema del punk era no venderse, como mantener una postura ética en la cara de la grosera comercialización de la cultura y de los mismos músicos (y en una de esas destrozarlo todo). El problema del indie de los noventas era como desarticular todo ese marco de respetabilidad con una permanente e impávida ironía. Hoy en día el problema es como procesar tu lugar dentro de la insignificancia (y en esto Easton Ellis tiene razón).

¿Y acaso les sorprende que consideren a la totalidad de la cultura pop un territorio para el saqueo? Así como el arte pop de los sesentas, hijos de la afluencia, reconstituían los iconos del capitalismo, aquello que conocían, para producir arte, así es como los millenials consideran la cultura, que es, después de todo, lo único que les queda en cantidades inmensas: como iconos, signos, eternamente reconstituibles y re-citables. Para aquellos que vengan con la «objeción reynoldsiana»: la recombinación de signos en cadenas diferentes, tarde o temprano, siempre produce algo nuevo. Por algo le llamamos lenguaje.

(De Mac DeMarco lo que más me gusta en su sensación de impunidad. Esa cadencia californiana cansina, tranquila, indolente, dominada por la marihuana de buena calidad. Esas guitarras laberínticas y brillantes sobre las que canta con voz de dormido. Esa capacidad de escribir una canción sobre cuánto se está envejeciendo cuando apenas se tiene dos décadas. DeMarco es un capo en combinar melancolía con arrogancia, es un bufón de dientes separados, y en él más que en nadie se percibe, como tema y motivo, la grandiosa y desesperante falta de rumbo de la juventud. Tiene 24 años.)

Por ahí tengo un texto a medio escribir (y que probablemente nunca termine) sobre Rent I Pay de Spoon, uno de los mejores temas del año. Spoon, por supuesto, son, a esta altura, una Banda De Rock Seria, con una Carrera. Y escriben y cantan desde un lugar muy diferente al de un veinteañero. Rent I Pay es una canción brillante, me parece, porque habla de ese óbolo invisible que uno paga a lo largo de su vida: las amistades truncas y lejanas, los grupos que se disuelven, las personas que uno da por sentadas, las destrezas no aprendidas, las oportunidades laborales desperdiciadas. A partir de determinada edad uno comienza a cargar su propia valija de errores. «Every kinda line is gonna come back to me / Just as I go» canta Britt Daniel en un momento y pareciera que habla de como la historia vuelve a espantarnos y pienso que es una línea perfecta.

Quizás hay que odiar a la juventud porque nos recuerda ese momento en el que todavía podíamos ser estrellas de rock, o astronautas, o fotógrafos, o cineastas. Ese momento amorfo de la falta de límites y la falta de objetivos. Antes de que uno elija una vida, un oficio, una rutina y el mundo se achique para hacerse más manejable. Acabo de cumplir 30 años y si parece que esto habla un poco de mi es porque también es así.


3 comentarios en “Inmaduros.

  1. Clo

    Oh, aquellas épocas marcianas.
    Qué especiales eramos.
    Ahora, con la sabiduría y la experiencia de los 30 te digo que
    TKM y BFF.
    En un intento de aggionarmiento,
    imposible,
    por supuesto.

  2. Ricardo Gandolfo

    Muy buena nota! Cumplir los 30 hace que algunos afirmen estas cosas. Y sin embargo, para mí, que ya tengo 61, la vida sigue. Eso es lo que no hay que olvidar! Añorando las épocas pasadas, a veces, perdemos sin saberlo el tren de nuestro deseo, que es lo único que nos lleva al futuro.

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