Tarantinesca

No me gustó Django Unchained. No ayudó a la experiencia el haberla visto en un cine lleno de adolescentes que repetían cada frase-slogan aprendida en los trailers como si fuera el supremo mandamiento de alguna Escritura, el código cabalístico secreto que los llevaría a ver de golpe la cara o la esencia del dios de lo cool. Mi gen de viejo cascarrabias prematuro me lleva a rebelarme contra estas cosas.

Pero no me gustó por otras cosas, también y sobre todo, cosas digamos que cinematográficas. No me gustó el tratamiento de la sangre como si de un videoclip se tratase; no me gustó Jamie Foxx con su personaje tan poco matizado; ni me gustaron demasiado Christoph Waltz ni Leonardo Di Caprio*, aunque se supone que deberían. Es probable que de haber sido yo un fanático del cine como lo es Tarantino hubiese disfrutado igual que él de las referencias visuales al spaghetti western; pero no lo soy, y estas me pasaron sin más por encima de la cabeza.

En el fondo, lo que sentí que le faltó a la película fueron dos cosas: un manejo correcto de los códigos de la época, y un qué, o más bien el trabajo de hacer que el qué se sienta realmente como un escollo inmenso que nuestros héroes tienen que superar, y nosotros con ellos.

Primero: los códigos. Aunque parezca tonto, es el manejo de la cultura trash, pop, B o Z lo que hace que los personajes de las demás películas de Tarantino aparezcan reales ante nuestros ojos. Al igual que el Pynchon de V o Gravity’s Rainbow – aún no leí Mason & Dixon ni Against the Day, pero creo que allí también lo logra – son las referencias a cómics, películas y canciones las que hacen que la obra de Tarantino sea, bueno, tarantinesca. Así, los diálogos largos sobre Elvis, Superman o el cine alemán nos dicen algo sobre el amor, la lealtad o el totalitarismo que las peleas de mandingos, con toda su brutalidad, no logran decirnos sobre la esclavitud.

Tarantino siempre ha trabajado sobre caricaturas, esquirlas de su asperger; bocetos de personas hechos humanos por los gustos que los definen, como al propio Quentin lo definieron las centenares de películas vistas y aprendidas de memoria en sus años detrás del mostrador. Pero los personajes de Django son planos, más arquetipos que personas.

Y el qué. En el fondo, todos los héroes tarantinianos están guiados por el mismo principio básico: el afán de venganza. Sin embargo, en sus últimas dos películas es como si suponiera que, dado que el origen de esa venganza (el Holocausto y la esclavitud, respectivamente) es tan universal, los espectadores nos sentiremos automáticamente identificados con la lucha del héroe, así sea este, como el Teniente Aldo Raine, o como el mismo Django, un recipiente vacío de toda personalidad.

No es que Tarantino no sepa construir personajes. Death Proof, una película en la que no pasa nada, es prueba suficiente de ello. Allí, Quentin encara el que fue antes su mayor defecto, su manera de abordar la femineidad**, y construye el mejor manifiesto de amor a la mujer moderna que he visto en un buen tiempo. Y en una película que se supone es un ejercicio de estilo, y nada más.

Las mujeres de Death Proof son completas, complejas, deseables y queribles. Funcionan en el vacío, en relación a sí mismas, y las motivan cosas – la adrenalina, la fama, la amistad – diferentes a sus intereses amorosos. Que también existen: la imagen que me queda al final de esta película es la de la DJ interpretada por Sydney Poitier, mujer fuerte si las hay, manda a la mierda por SMS, borracha y despechada, al imbécil que la deja plantada y herida la noche en que después va a morir. Es esta imagen, y no la del Django superhéroe a caballo, la que quiero recordar del cine de Tarantino.

* Sí me gustaron, en cambio, las tomas panorámicas del invierno americano y Samuel L. Jackson y la lujuria insatisfecha de la hermana viuda de Di Caprio, tan creíble en esas fechas.

** Este post iba a empezar por ahí: una comparación y un constraste entre el Tarantino antiguo, de Reservoir Dogs y Pulp Fiction, anti-femenino y casi misógino (en la primera ni siquiera hay mujeres; en la segunda son objeto de deseo sexual y poco más) y el que viene después de Jackie Brown, como si las relaciones que vinieron con la fama – me viene a la mente Margaret Cho – hubieran abierto los ojos al buen Quentin.


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