Inmaduros.

Este iba a ser un post en el cual «contestaba» a este artículo de Bret Easton Ellis sobre los millenials y su fragilidad emocional. Me había imaginado que el artículo de Ellis era una diatriba interminable y violenta contra los jóvenes y lo vacuo que son las nuevas generaciones, como han arruinado el legado cultural de años con su solipsismo y su entrega a Internet (está esa famosa frase de Kurt Vonnegut que dice que no hay nada más terrorífico que darse cuenta de que tus compañeros de secundaria manejan el país; yo agregaría como corolario que no hay nada más descorazonador que darse cuenta que tus contemporáneos se han vuelto un montón de viejos chotos que les gritan a los jóvenes que «salgan de su jardín»).

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Los años dorados.


Hace unos meses que estoy obsesionado recordando cierto período de mi adolescencia. Un momento que calculo que comparto con toda mi generación, y un poco con la anterior y siguiente. Algo que ocurrió – al menos en el río de la plata – entre 1998 y 1999. Hablo del momento donde el paradigma de como accedemos y podemos llegar a consumir básicamente todo cambió. ¿Se acuerdan? Estoy hablando del momento en que llegó la banda ancha en Internet. Eso lo cambió todo.
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Lunes.

Nunca duermo bien en la víspera de viajar por la mañana. Me pone nervioso la situación de levantarme temprano para tomar un avión y es por eso que ahora lo evito todo lo posible. Siempre trato de viajar la noche anterior a una reunión y dormir en el destino en vez de madrugar, pero esta vez fue imposible. Había llegado el viernes de noche de Chicago a casa y no iba a sacrificar la noche del domingo para estar a las nueve fresco de nuevo en la oficina.

La vida del consultor está bastante bien retratada en la película Up in the air. Según el proyecto en el que uno esté asignado lo usual es viajar casi todas las semanas a la oficina del cliente, de lunes a jueves. Yo ahora no estoy en un proyecto así y vengo zafando bastante bien de ese ritmo cruel pero por otras razones llevo ya tres semanas de viajes sin pausa. Este texto es un raconto de un lunes normal en esta vida de viajes de trabajo en Estados Unidos. Not quite like George Clooney in the movie, but almost.

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Joven Harvey.

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(De American Splendor v1 #04)

Esto es genial por 1) La cantidad de información que maneja en un número de páginas tan pequeño. Es la historia de una amistad a lo largo de seis o siete años, una viñeta sobre el comportamiento de los coleccionistas, una historia sobre el naciente amor por los comics y, como todas las obras de Pekar, una reconstrucción de su vida con tono resignado.

2) Por la manera en que comienza hablando de Crumb, y te lo vende como si fuese un comic sobre Crumb, pero por supuesto es sobre Pekar, algo que está explícito desde la primera página, cuando vemos que nuestro personaje punto de vista es Harvey y todas las interacciones de Crumb son vistas a través de sus ojos. Pero el título engaña y además Crumb es Crumb y es imposible que no gravite de forma decisiva en una historia en la que aparece.

3) Además, está dibujado por Crumb. Por supuesto que uno piensa que es un comic «sobre» él. Su estilo es tan influyente y reconocible (y tan bueno!) que es inevitable aceptar que con él necesariamente van los temas y preocupaciones de su dibujante. Crumb en los setentas también estaba realizando algunos de sus más aclamados comics autobiográficos. Hay un par de cuadritos donde dibuja a su guionista de una manera desesperada y cómica, una burla de la imagen del artista que sufre, que son geniales.

4) Por la filosofía alrededor de la historieta que plantea Pekar, que es simple pero a la vez ambiciosa: se puede hacer cualquier cosa con palabras y dibujos. «Cualquier cosa que hacen las películas, o las novelas o las obras de teatro». ¿Entonces, por qué comics? La respuesta solo parece residir en esas viñetas de descubrimiento de las primeras páginas (una vez más, el comic es sobre Harvey), en el virus de las imágenes con el cual te infectan las historietas, que hacen que a partir de un determinado momento solo puedas percibir el mundo como una re-interpretación a través del estilo.

El resultado es una historieta que simplemente se desliza y canta. Leyendo un poco de American Splendor, incluso un puñado de historias de los primeros números, es increíble cuan fuerte es la voz de Pekar, incluso en un medio dominado por la figura del «artista total» (dibujante+guionista) como son los comics underground/independientes. Pekar maneja solo las palabras pero comprende perfectamente la operación fundamental de re-crear el mundo que implica hacer comics. Y transmite una perspectiva cercana, ecuánime, resignada pero no deprimente, construida a través de pequeños actos de aburrimiento, de mínimas historias en donde lo que más hacen los personajes es deambular por una ciudad gris encontrándose unos con otros. Por lo tanto, una representación.