Visite Baltimore 05: Lester Freamon.

You follow drugs, you get drug addicts and drug dealers. But you start to follow the money… and you don’t know where the fuck is going to take you.

When you show who gets paid, behind all the tragedy and the fraud. When you show how the money routes itself, how we’re all of us vested, all of us complicit… baby, I could die happy.

I don’t wanna go to no dance unless I can rub some tit.

You’d be surprised what you can get done when no one is looking over your shoulder.

– Lester Freamon.

Ah… Lester, Lester, Lester. El más irreductible policía cabeza dura. Y el más encantador, el más suave, el más elegante. Lester es la evolución natural de McNulty, su futuro yo. Ambos tienen demasiado en común.

Cuando vemos a Freamon por primera vez es como parte del escuadrón cochambroso que logra extirpar McNulty a un juez y sus superiores para cazar a Avon y Stringer. Freamon parece, como el resto del equipo, un perdedor, un inútil, un ridículo. Viene de la división de empeños, un trabajo de mierda, de escritorio, donde sencillamente escribía lo que los policías encontraban en las casas de empeño. Se sienta todo el día armando pequeños muebles para casas de muñecas, imperturbable, parco, la viva imagen del policía ñoqui. Pero a medida que ve que lo de McNulty va en serio y observa el fuego en la barriga del loco irlandés, comienzan a pespuntar gestos de una verdadera brillantez: encuentra una foto, inhallable, de Barksdale, consigue el número de pager de D’Angelo Barksdale, el sobrino y puntero importante de Avon. Y, de pronto, McNulty observa que ese sujeto que había estado atado a un laburo de escritorio durante 13 años (y cuatro meses) algo real y verdadero. Y luego, azuzado por Bunk, que le dice que era “real police” logra reunirse con él e intercambiar historias.

Freamon cuenta: en el 89, desesperado por cerrar un caso de homicidio, acusó a una persona con conexiones políticas dentro de la policía para conseguir su testimonio. El caso se cerró, pero Lester fue castigado igualmente y enviado al ostracismo. Su actividad como constructor de ridículos muebles en madera procede de su soberano aburrimiento en esa unidad y de su incapacidad para realizar “verdadero trabajo policial”. Y resulta que gana más dinero con eso que como agente. Entonces, le dice a McNulty: “cuando todo esto termine te van a preguntar: “¿Adonde no querés ir a parar?” y más vale que contestes adonde QUERÉS ir, porque ahí es donde te van a exiliar”.

Lester es McNulty pero con 13 años (y cuatro meses) de aburrimiento. O sea un McNulty más templado, tranquilo, aburrido, cínico y despreocupado. Un Jimmy que ha visto lo peor que le pueden hacer a un policía decidido a hacer todo lo posible para perseguir un caso. Además, Lester tiene una cosa que McNulty no tiene: su currito particular que lo libera de la policía, lo cual le da la libertad y la arrogancia de hacerse el súper policía y no preocuparse por las consecuencias de sus acciones y sus investigaciones.

Por otro lado, Freamon observa el trabajo policial como una competencia por ver quién es el más inteligente. Freamon es un verdadero detective, en el sentido más puro de la palabra: un tipo al que le interesa la investigación por sobre todas las cosas, seguir las pistas, reconstruir el “camino del papel”, saber más sobre su presa de lo que nadie supo antes, analizar cantidades ingentes de información. Y es allí donde radica su particularidad y su obsesión y donde su modo de concebir el trabajo policial difiere en tareas pero comuna en espíritu con la idea de McNulty: éste es más pasional e intuitivo, un policía de la escena del crimen y de la calle, Freamon es puro seso y cálculo, un policía del archivo y el escritorio, pero a ambos solo les interesa resolver el caso y demostrar que son los mejores.

Freamon, dentro de la estructura policiaca, es un paria tan grande como Jimmy, un tipo incontrolable e individualista que jamás puede acatar órdenes o respetar la cadena de mando. Pero, a diferencia de McNulty, Freamon es también un maestro, alguien capaz de transmitir su evangelio de la buena investigación a las próximas generaciones y de dejar nuevos gusanos esperando el momento adecuado. El caso más notorio de esta práctica es el de Roland “Prez” Pryzbylewski, que comienza la serie siendo un inútil, violento e incompetente policía que, sin embargo, alberga dentro suyo un buen corazón y potencial para mejorar. Y gracias en gran parte a la influencia de Lester, que lo toma bajo su ala y le enseña su habilidad en el manejo de las investigaciones policiales, se vuelve un excelente detective del papel, un tipo de esos que puede llevar una investigación hacia el dinero, más allá de las drogas y la muerte y los adictos. Que luego tenga su propia caída en desgracia no borra todo el buen trabajo que Lester había realizado con él. Es probable que las investigaciones de la Major Crimes Unit no hubiesen llegado a nada de no ser por la magia organizativa de Freamon, por su dedicación a cazar la presa, por su conocimiento de los detalles técnicos necesarios para armar una escucha.

En la cuarta temporada, Lester y el grupo persiguen a un nuevo Kingpin de la venta de drogas, un sociópata con cicatriz llamado Marlo, que anda volteando gente a diestra y siniestra pero frente al cual ningún policía ha logrado encontrar evidencias ni cuerpos aún. Solo se sabe que desaparecen y circulan leyendas urbanas de que sus asesinos son sobrenaturales, todo teñido de una importante oscuridad. La manera en que Lester resuelve el misterio, mediante un par de charlas con la gente correcta, unos cuantos datos precisos, la observación cuidadosa de una puerta y conocimientos básicos de carpintería, es una maravilla de la deducción y confirma que su problema es que es demasiado bueno, que las instituciones tienden a favorecer a los mediocres y los hijos de puta.

Y, sin embargo, a pesar de formar gente y ser un pequeño geniecillo, Freamon no es un líder. En algún momento de la serie se menciona que entró a la policía el mismo año que Bunny Colvin y Edwin Burrell, quienes terminarían siendo comandante de distrito y comisionado de policía respectivamente. Jamás llega ni siquiera a postularse para un cargo. Es que en el fondo debe sentir que ser un líder es un fastidio, que hay que lidiar con superiores y burócratas insoportables que comprometen el trabajo policial, que a él todo lo que le interesa es la libertad para no tener que hablar con esa gente y poder, más bien, darles quebraderos de cabeza, ser la mosca en el ungüento.
Pero, también, es un resultado de que (y aquí está el motivo por el cual Freamon, de vez en cuando, cuando está muy enfrascado en un caso, no le importa nada más y puede ser un verdadero imbécil, tirando la ética y la amistad por la ventana) en el fondo toda ésta tarea, la investigación, la pesquisa, la reconstrucción minuciosa, la paciencia y la obsesión, son solo herramientas para halagar y engrandecer el ego y la reputación sobrehumana del único policía a quien Lester admira y respeta: Lester Freamon.


Visite Baltimore 04: Frank Sobotka.

(Here be spoilers. Beware)

Frank Sobotka: Why the fuck didn’t you tell me what was in that motherfucking can?

Spiros: Now you wanna know what’s in the cans? Before you wanted to know nothing. Now you ask. Guns, OK? Drugs, whore, vodka, BMWs. Beluga caviar, or bombs, maybe? Bad terrorists with big nuclear bombs. I’m kidding you, Frank, it’s a joke. But you don’t ask … because you don’t wanna know.

– Help my union? For 25 years we’ve been dyin’ slow down there. Dry dock’s rustin’, piers standin’ empty. My friends and their kids like we got the cancer. No life-line got thrown all that time, nothin’ from nobody, and now you wanna help us? Help me?

– Frank Sobotka.

Frank Sobotka es un personaje que se encuentra en las antípodas de Omar: atado, agobiado, envuelto en obligaciones para con su familia, el sindicato al que pertenece y, encima, unos misteriosos gangsters “rusos” o “griegos” con los que se ha enredado intentando salvar su trabajo y su forma de vida. Su mismo lenguaje corporal lo traiciona: un hombre retacón, ligeramente gordo, pelado, que por su masa corporal parece anclado a la tierra, con una enorme furia contenida. Cada vez que se entera de una mala noticia, su cara se transforma en una mueca de rabia total a punto de estallar, sus ojos parecen saltar como cohetes de sus órbitas y se agarra la frente como si su cabeza estuviese a punto de convertirse en piñata. En esos momentos, Frank Sobotka parece un tipo a punto de saltar de su asiento y partirte una silla en la cabeza para luego patearte en el suelo hasta que estés bien muerto.

Sin embargo, esto nunca sucede. Creo que no recuerdo ningún momento ni escena en la que Sobotka ejerza violencia real. Frank es pura contención y amenaza, pura mesura. Y, también, pura impotencia. Esto es, probablemente, porque Frank es uno de los hombres buenos de la serie. O sea, si hay una figura realmente trágica en The Wire, ese es Sobotka. Su historia es el ejemplo perfecto y más acabado de la premisa de Simon de “los hombres como protagonistas de tragedias griegas en las cuales el papel de los dioses lo cumplen las instituciones”.

Frank es un estibador. De hecho, es el presidente del sindicato de estibadores, en una ciudad donde el puerto está muriendo y donde los trabajadores honestos, acostumbrados a mover cajas con las manos y el sudor de su frente y a ayudarse unos a otros como familia (cualidad que, además, se refuerza al pertenecer casi todos a la colectividad polaca) están viendo como las opciones de trabajo se reducen cada vez más y como a los políticos lo único que les interesa es destruir el puerto para beneficiar a los inversores inmobiliarios. Frente a esta situación Frank decide echarse el sindicato, sus compañeros, su puerto y su familia al hombro, engancharse con estos mafiosos que traen cosas oscuras a través de su puerto e intentar modificar (mediante la untación de manos gracias a las grandes cantidades de dinero provisto por estos tipos) las políticas que apuntan al puerto.

A pesar de sus buenas intenciones (o quizás por ellas y por la apreciación un tanto excesiva que tiene de su propia persona e importancia) Frank es totalmente paternalista: es la clase de persona que invita rondas para todos, que le consigue laburo a su hijo (que es un completo inútil, un fuck up, con una personalidad por momentos encantadora pero sobre todo insoportable) y a su sobrino (el hijo que le hubiese gustado tener, serio, trabajador, deseoso de progresar) solo porque son familia, que cuida las espaldas de sus trabajadores cuando viene la cana a hacerles preguntas incómodas. Sus problemas comenzarán una vez que se descubra que una de las cajas que traían estos mafiosos globales y de etnicidad desconocida contenía mujeres destinadas a la prostitución que, por una horrible acción de algunos de los marineros del barco en que era transportada, han muerto asfixiadas. En realidad, sus problemas comenzarán, en una de esas ironías y mecanismos de pinzas que tiene The Wire, cuando McNulty, ese soberano hinchapelotas, realice su propia pesquisa y descubra que no fue un accidente, sino asesinato, solo para joderles la vida a sus superiores que luego de la primera temporada lo han condenado a navegar por el río como policía marítimo.

Frank es un hombre bueno porque su estrategia está destinada a proteger a aquellos que cree que están a su cargo, pero esa estrategia lo lleva a comprometer sus ideales, y, también, es un hombre orgulloso y con un ego y un complejo mesiánico importante, que cree que es el único que puede salvar a todos. Es un clásico ejemplo de un paternalismo que en Argentina todos sabemos que sería. Su otro gran defecto es que es dubitativo y temeroso. Sabe el precio que está pagando por sus acciones destinadas a salvar el puerto, sabe que, de alguna manera, está empeñando su alma. E intenta, en varios momentos, darse vuelta, rechazar ese compromiso que ha adoptado. Pero al mismo tiempo su convicción de estar haciendo lo correcto lo detiene continuamente de enmendarse y lo empuja cada vez más a encubrir a esa cara maléfica del capitalismo que son El Griego y sus allegados (los famosos mafiosos globales de los que se viene hablando). Frank es uno de los héroes más trágicos de The Wire, porque es un hombre de principios totalmente aplastado por fuerzas más allá de su control. Y, además, porque al posicionarse como un elemento tan importante, irremplazable, en la estructura de la que forma parte, la condena por completo.

La belleza de la temporada en la que Frank es protagonista absoluto es que es la temporada más autocontenida de la serie y también una de las más descorazonadoras y completamente tristes. Y, al mismo tiempo, es una reflexión sobre la decadencia de una forma de actividad económica, de un modo de vida estadounidense (y mundial por rebote) donde el trabajo manual y la construcción de cosas era lo más importante. Frank lo dice claramente cuando le comenta a Spiros Vondas, uno de los secuaces de El Griego, “We used to build things in this country. Now we stick our hand in the next guy’s pocket”. Y la contraimagen que se propone de Frank es, justamente, El Griego, el capo di tutti capi del conglomerado global-mafioso con el que se engancha. El Griego es un enigma, una persona sin nombre ni identidad, que solo se dedica a transportar bienes y manejar dinero sin ensuciarse jamás las manos (al final de la temporada, cuando escapa de los Estados Unidos, le hacen la consabida pregunta “¿Negocios o placer?” y él contesta “Negocios, siempre negocios”) y sin relacionarse nunca con la cosa que vende. Es la imagen fiel del capital internacional sin nombre, sin nación, inexistente en lo “real”, que no se acerca a la producción, a la manufacturación, solo preocupado por su propia reproducción y su supervivencia.

Frente a esto, un hombre como Frank Sobotka, una persona con defectos y debilidades e inseguridades, contradictorio, parado frente a la tormenta, no puede hacer nada. En la última aparición de Frank se lo ve caminando hacia un encuentro con El Griego bajo un puente, de espaldas, pequeño e insignificante, moviéndose como un pato con las manos en los bolsillos, internándose en una oscuridad que parece amparada por esa pieza gigantesca de arquitectura que jamás perteneció a los trabajadores que la construyeron, sino al comercio y a la ciudad misma.


Visite Baltimore 03: Omar Little.

(Here be spoilers. Beware)

Come at the king, you best not miss.

… I got the shotgun, you got the brief case … all in the game though

A man got to have a code!

Now you make sure, you tell old Marlo I burned the money cause it ain’t about that paper. Its about me hurting his people and messing with his world. You tell that boy he ain’t man enough to come down to the street with Omar.

– Omar Little.

Omar es el superladrón. El otro día, en una reunión donde todos éramos fanáticos de The Wire, 3 de 6 dijeron que Omar era su personaje favorito. Carajo, es el personaje favorito de Barack Obama.

Lo que cae tan simpático de Omar es que es el único personaje que es prácticamente independiente de todas las instituciones y, encima, se aprovecha de todas ellas. Vive de robarle a los vendedores de droga. Lo hace un poco por el dinero y otro poco por el orgullo, un poco por la emoción y otro poco porque es lo único que sabe hacer, en lo que creció, porque, en el fondo, también es parte de The Game, aunque sea quién mejor lo conoce y quién mejor se mueve en él. A diferencia de McNulty, que también es un independiente un tanto desquiciado, Omar no tiene la desventaja de estar atado formalmente a ninguna institución. Forma parte del mundo de la droga, pero las reglas de ese mundo no lo atan a ninguna cadena de mando. Se supondría que esas mismas reglas, sanguinarias, adeptas a la lealtad ciega, vengativas, impedirían la aparición de alguien como Omar, con una excepción: que sea tan cauto, tan inteligente, tan capaz de predecir los movimientos de los otros participantes de “The Game” y al mismo tiempo tan atrevido, tan audaz, tan confiado en su propia habilidad como él.

Omar es una anomalía aún más extraña en el mundo de The Wire porque todo su personaje parece arrancado de un plano de “realidad” más ficcional, del mundo de las películas noir, de la tradición romántica de los ladrones con corazón. Su trayecto a lo largo de la serie es una continua lucha entre su idealización y su arrastre hacia el mundo de lo terrenal y lo “realista” a la manera de The Wire.

En algún momento le preguntan a Omar como hizo para sobrevivir en su línea de trabajo, a lo cual él contesta que “One day at a time, I suppose”. Esa es la primera anomalía de Omar: ¿Cómo carajo hizo para sobrevivir tanto tiempo? La serie nos provee de unas cuantas respuestas: planeando, observando, sin dañar nunca a un civil, sin faltar a su palabra, sin insultar (una promesa a su madre muerta), viviendo según un código y una implacabilidad que le permite robar a un dealer mientras va a comprar Honey Nuts vestido solo con su pijama, sin portar ni un arma.

Pero esa fascinación con Omar lo vuelve un personaje un tanto disociado del universo de The Wire. Es, indudablemente, el único agente libre de la serie. Es el único que puede ir y volver entre policías y narcotraficantes, el único que solo se preocupa por sí mismo, por sus intereses y no por las necesidades de la institución a la que pertenece. Esto, obviamente, tiene un grado de ventaja pero también cuenta con su dosis de desventaja, ya que si bien no tiene que lidiar con la burocracia y los jefes inútiles e insoportables, Omar tampoco tiene la protección que brindan estas instituciones (uno de los rasgos más destacables de The Wire es el modo en que muestra que, para aquellos de la calle, matar a un policía es lo más estúpido que se puede hacer y debe ser evitado a toda costa, a riesgo de que te caiga encima todo el peso de la fuerza en una caza despiadada). Por ello, los compañeros de Omar están muriendo o desapareciendo continuamente: nadie es tan bueno como él, por lo tanto nadie que labure con él puede sobrevivir mucho tiempo.

Omar es un personaje lateral, aleatorio y contingente, mientras que el resto de los personajes de The Wire son jerárquicos y piramidales. Esto es lo que le permite moverse con la libertad con la que se mueve y, sobre todo, joder a los otros personajes de la serie. No le tiene miedo a nadie, ni a Stringer, ni a Marlo, ni a The Bunk. El único momento en que lo vemos pasarlo un poco mal es cuando realiza una breve estadía en la cárcel, pero prontamente zafa de tan incómoda situación. Porque Omar, justamente porque no tiene el comportamiento predador de otros narcotraficantes, inspira una lealtad entre sus pocos allegados que va más allá de los miedos a la presión por parte de aquellos que tienen la sartén con el mango (sobre todo dentro del mundo de las drogas). La característica que divide a Omar del resto de los personajes de la calle es justamente eso: que no es destructor, que no erige su fortuna sobre la desdicha de aquellos con quienes comparte posición económica sino, justamente, a partir de los hombres que si lo hacen. Además, es homosexual, un detalle tratado sin importancia por los creadores y escritores de la serie pero que forma una parte fundamental de su carácter, hasta el punto de que sus amantes son sus mejores compañeros de tropelías. Ese es un rasgo que es visto con resquemor y asco por los otros gangsters y que también marca su separación en el mundo homofóbico de la calle. No hay más que recordar que Marlo manda a matar a un pobre segundón por implicar que se la comía.

Sin embargo, esta es una verdad a medias. Omar, a pesar de que por momentos quieran pintarlo como un Robin Hood, no lo es. Les roba a los dealers y no mata civiles, pero luego esa droga es revendida sin importar hacia adonde circula y el dinero, obviamente, es para él. Esta es otra arista siempre presente en la relación entre la serie y Omar, la tensión que existe entre mitificarlo o pintarlo como un ladronzuelo más o, lo que es peor, como un mega ladrón, un mega acumulador de ganancia, que se aprovecha de los más débiles a través de los grandes vendedores a los que roba.

El trayecto de Omar por The Wire, entonces, es un clásico caso de ascenso-cenit-caída: se inicia en un punto en que él ya es una leyenda para la calle pero en el cual nosotros, los televidentes, no lo conocemos. Todavía tiene que demostrarnos porque es tan temido. Y de ahí se produce un ascenso imparable frente a todos los king-pins de la droga, una continua burla y farsa a sus estructuras cuidadosamente erigidas. Solo lo veremos dudar, como hemos dicho, brevemente en la tercera temporada, luego del asesinato de uno de sus compañeros y una confrontación con The Bunk y brevemente en la cuarta, luego de ser encarcelado por un crimen que no cometió. Pero su conciencia no lo molestará durante demasiado tiempo y dará un golpe espectacular a finales de la cuarta temporada, robándose toda la provisión de heroína y cocaína de Baltimore y re-vendiéndosela a los mismos dealers.

Esta evolución denota algo particular: de todos los personajes de The Wire, Omar es el que más se acerca a un estereotipo del género policial. Es el delincuente con buen corazón, la leyenda del bajo mundo, el ladrón con código. Su retorno y deconstrucción en la quinta temporada, entonces, sirven como correctivo a esa imagen, trayéndolo de vuelta al mundo falible y destructivo de The Wire y, finalmente, reduciendo su estatura mítica a un lugar cotidiano, a un mero número y estadística. No vale la pena explicarles exactamente qué pasa, baste decir que Omar la pasa muy mal, que se encuentra arrinconado contra la pared y que los escritores logran que, contra todo lo que nos ha enseñado la serie, nos pongamos de su lado y hagamos fuerza para que triunfe, para luego sacarnos la alfombra de debajo de los pies y entregarnos uno de los momentos más brutales y devastadores de la serie.

La última escena de Omar en The Wire es de un carácter burlesco, patético y al mismo tiempo porta una emocionalidad visceral que nos recuerda que tanto los creadores como nosotros no pudimos evitar enamorarnos de Omar Little.


Visite Baltimore 02: Avon Barksdale & Stringer Bell.

(Here be spoilers (de los grandes). Beware)

See, the thing is you only got to fuck up once. Be a little slow, be a little late, just once. And how you ain’t gonna never be slow? Never be late? You can’t plan for no shit like this man, it’s life. Yeah. It scares me.

It’s not about what happened. It’s about what you do about what happened. You either play or get played.

– Avon Barksdale.

There’s games beyond the fucking game.

This here game is more than the rep you carry, the corner you hold. You gotta be fierce, I know that, but more than that, you gotta show some flex, give and take on both sides.

– Stringer Bell.

A Avon y Stringer no se los puede entender si no se los toma en conjunto. Yo, al principio, no sabía muy bien quién era quién. Cuando comencé a ver la serie y no comprendía muy bien su historia, me parecía que era un tanto lenta, confundía a los actores y pensaba que eran uno solo. Me tomó un tiempo. Pero una vez que sucedió, el encanto de Avon y Stringer se reveló en la manera en que cada uno de ellos no podía subsistir sin el otro, en el modo en que habían llegado a ser los mayores vendedores de drogas de West Baltimore (otro detalle maravilloso de The Wire: la diferencia fundamental en bandas y barrios entre el oeste y el este, una lucha que tiene orígenes inmemoriales y fútiles) gracias a la inteligencia de uno y la ferocidad callejera del otro. Sin embargo, sus objetivos últimos los alejarán irremediablemente.

La historia de Avon y Stringer es, además, la demostración de lo imposible que es cambiar el negocio de las drogas e intentar pacificarlo, el modo en que la violencia contenida desde siempre en ese circuito a punto de estallar todo el tiempo se devora a quienes intentan modificarlo, rechaza una racionalización, su lugar natural son los códigos continuamente más sanguinarios de la calle.

Avon es un flaco de extremidades largas y trucha grande. Parece un luchador hindú capaz de estirar sus brazos y piernas. También parece un jugador de basket. Se mueve con suavidad y pereza, siempre relajado. Pero es el gangster de la dupla, el tipo que se hizo en las calles, el que seguramente primero comenzó en una esquina miserable con unos cuantos hombres y, en virtud de su fiereza comenzó a trepar hasta expandir su negocio para controlar la mayor cantidad del tráfico de drogas de West Baltimore. Sin embargo, nunca vemos ese ascenso (está es una de las virtudes de The Wire: no hay flashbacks, no hay explicaciones que recurran al psicologismo o al pasado de sus personajes, estos existen en la pantalla, y esos minutos de “presente” es todo lo que explican sus acciones). Cuando conocemos a Avon ya es el jefe, el capo, ya no toca droga, no mata a nadie y tiene millones en propiedades inmobiliarias. Siempre se habla de “cuanto se luchó” para conseguir todo esto, pero nunca se lo ve. Lo cual debería ser el primer indicio de que este ciclo está en su fase descendente.

Stringer es un morocho alto de complexión gorilesca que uno se imagina capaz de partir una espina en medio de un ataque de rabia. Siempre parece ligeramente crispado, tenso, moviéndose como un tejón. Siempre anda con las manos anudadas detrás de la espalda, con esa pose de jefe final arrogante y malísimo. Stringer es la cabeza económica de la dupla: el tipo que controla las finanzas, lava el dinero, hace los libros, maneja las fachadas, compra jugadores de basket universitarios para partidos contra los dealers de East Baltimore, ese tipo de cosas. Tampoco maneja droga y apenas armas (creo que no dispara ni una vez en la serie). Pero es maquiavélico. Es el tipo de persona que manda a asesinar al sobrino de su mejor amigo, mientras está en prisión, y por añadidura, mientras se coge a su mujer.

Sin embargo, como The Wire es una serie sobre las facetas de un diamante, dentro del mundillo en el que se mueve, Stringer es una fuerza positiva. Es un reformador social y económico que busca que el mundo de la droga se vuelva más racional, más ordenado, más similar a una economía “capitalista” (porque entiendan que si bien The Wire no defiende al capitalismo de mercado reinante, al que conducen todos los caminos de la decadencia y la entropía, el formato en el que se presenta al sub mundo de la droga es el más cancerígeno: genera más muertos, más cuerpos desechados, más perdidas, penetra y carcome los huesos de quienes lo sostienen y los deja limpios como una bañera bruñida). Stringer organiza a los traficantes, intenta que discutan las cosas como gente racional, centraliza la distribución de la droga, reparte la torta de un modo equitativo. Además, sueña con abandonar el negocio de la droga y ser un inversor respetable, con tener más propiedades y ser un verdadero hombre de negocios.

Stringer, por supuesto, no estaría en esta posición si no fuese gracias a Avon, quién evidentemente permitió, con su violencia, que llegase al poder. Pero Avon también es una fuerza positiva dentro de ese mundo. Avon es un traficante con códigos, de esos que creen que quienes venden no consumen y que la muerte tiene que ser dispensada juiciosamente. De los que creen en la lealtad de y hacia sus soldados.

Todo funciona bien mientras están en la cima, casi no hay derramamiento de sangre, son invisibles para el poder y la justicia… excepto para un policía rompepelotas de ascendencia irlandesa. Y en el momento en que su mundillo de la droga es invadido por las restantes esferas de la sociedad, no hay modo de que los dejen en paz. La investigación policial es también una infección que destruye los planes mejor dispuestos de los reyes de West Baltimore. Y asimismo, el camino hacia la respetabilidad se encuentra congestionado por tiburones que demostrarán a Stringer que podes ser el más grande en tu pecera, pero siempre va a haber estafadores mucho más peligrosos.

A todo esto se le agregará la amenaza interna de una nueva generación de vendedores y kingpins que no reconocen los mismos códigos de la vieja escuela, que están dispuestos a picar carne todo lo que haga falta para llegar a la cima. Y ésta es la punta de lanza que envía a Stringer y Avon hacia una debacle de proporciones griegas, hacia una guerra (porque otra cosa que tiene el reinado Barksdale es que la guerra es una figura casi legal, que tiene sus refugios, sus momentos y sus declaraciones) en la que nadie sale ganando y que se resume en la frase de Avon: “I ain’t no businessman like you. I’m just a gangster, I suppose. And I want my corners!”

La dicotomía básica que proponen Stringer y Avon es entre el comercio y la calle, entre la vía de las esquinas, de los paquetes, de la venta y las pistolas, y la vía de los trajes, de las clases de economía, de las inversiones inmobiliarias, los abogados y el lavado de dinero. El problema es que, de algún modo, su marca de origen los condena a dos destinos posibles: la muerte o la cárcel. La institución de la droga (“The Game”, para todos aquellos que lo habitan) no permite los saltos salvadores y blanqueadores ni el reinado permanente. La institución de la droga presupone siempre que lo más valioso es ella y el dinero que produce por sobre los planes y las estrategias de dos amigos de juventud tan complementarios como opuestos. El final de Avon y Stringer, entonces, parece arrancado de las páginas de un antiguo relato que habla del destino, de las parcas y de los hados indiferentes.


Visite Baltimore 01: Jimmy McNulty

I am fucked. Fucked is me.

Motherfuckers come to me and say, ‘It’s a new day, Jimmy.’ Talkin’ shit about how it’s gonna change. Shit never fuckin’ changes.

I wonder what it feels like to work in a real fucking police department.

– Jimmy McNulty.

Se puede hablar de The Wire sin hablar de Jimmy Mcnulty, pero sería algo similar a describir a un vertebrado sin mencionar su columna.

McNulty aparece en la primera y en la última escena de la serie, ayuda a lanzar la premisa del programa en su conjunto y el final de su arco dramático es el final de la serie en sí. Sin embargo, The Wire es capaz de hacerlo desaparecer durante toda una temporada, o de obscurecer deliberadamente su protagonismo en los primeros momentos. De algún modo pareciera que la serie misma nos dice “podría ser muy buena incluso sin McNulty, su condición dorsal es sólo una concesión a la estructura dramática”.

McNulty es un policía. Un buen policía de ascendencia irlandesa (un resabio de otro tiempo, de una policía que no dejaba entrar negros en una ciudad mayoritariamente poblada por ellos) rompepelotas, borracho, que escucha a los Pogues en su auto espantoso, irresponsable y ocasionalmente genial. La primera vez que lo vemos esta pidiéndole a un juez que le permita armar un equipo de investigación para hacer caer al capo de las drogas Avon Barksdale (que vende en un conjunto de edificios denominado “The Projects”, moles hacinadas con millones de ventanas y patios internos). La última vez que lo vemos lo han echado de “la fuerza” y esta remolcando a un homeless de vuelta a Baltimore. Que les diga esto no es un gran spoiler, ya que desde el primer momento uno sabe que lo único que le puede pasar a McNulty es que finalmente le peguen una buena patada en el orto.

McNulty es el clásico anti-héroe destructivo que esta tan obsesionado con su don, con su gracia, con aquello en lo que es mínimamente bueno, que todo lo que lo rodea se ve obliterado en un caudal de alcohol, egoísmo, mujerzuelas, odio a sí mismo y encanto. Es el “policía que no trabaja según el libro”, obsesionado con los casos, al que observamos luego despertarse con una resaca que dan ganas de arrancarse los ojos (hay un intercambio maravilloso con un policía de uniforme, de los que caminan la calle, en el que McNulty, hablando de resacas, le dice “You ever wake up with a pillow over your face? There’s mornings with a hangover I hold the pillow over my face, just to keep the light out and the pain down” y el policía le contesta: “Me, I just throw up once or twice and go to work”).

Dentro del Baltimore Police Department, McNulty es una célula extraña, un organismo que debe ser expulsado, porque es un buscapleitos, porque agita el bote, porque fastidia enormemente a sus compañeros y superiores. Es un “buen policía” obsesionado con la verdad y la justicia, pero también consigo mismo y con su imagen de héroe trágico. Es incapaz de darse cuenta del momento en que sus acciones lo alienan de sus compañeros y amigos (su frase de cabecera es “What the fuck did I do?”). Es incapaz de domesticarse un poco e intentar efectuar cambios más amplios desde posiciones más elevadas en la “Cadena de Mando” porque lo que le gusta, en el fondo, es la pelea y odiar a los superiores. Nunca ascenderá. Nunca repetirá las consignas oficiales e intentará aumentar las estadísticas de asesinatos resueltos. Es un milagro que haya durado lo que duró. Para las instituciones es un desastre.

Durante el transcurso de la serie lo veremos sumergirse cada vez más en su idea fija, en la persecución de una presa siempre un poco más lejos de su alcance, cada vez más infeliz. Durante el único período de tiempo en el que alcance una dosis de paz, su figura se desdibujará de la pantalla y sus apariciones parecerán transmitidas desde otra galaxia: sin alcohol, sin puteadas, un tipo serio y responsable. La obsesión policial no concuerda con la responsabilidad en el mundo de McNulty.

Dentro del mundo de The Wire, que el último de los policías honestos sea a la vez el último de los policías renegados, es una gran indicación. Sin embargo, McNulty también puede ser un hijo de puta: puede tirarles un muerto (u once) a sus antiguos compañeros, puede manipular escenas del crimen, puede alienar a todos sus aliados, puede insultar y escupir a aquellos escasos superiores que intentan protegerlo.
Parte del encanto de McNulty viene dado por esa condición de “rogue”, de bribón siempre al borde, pero la inteligencia de The Wire es que nos muestra que esos rasgos son también parte de su innegable decadencia y patetismo.

En el mundo de The Wire, McNulty es una especie de pequeñísimo gusano que opera una porción infinitesimal de una manzana mecánica: muy de vez en cuando sus berrinches, con el impulso y el timing adecuado, se amplifican a mayores distancias y alcanzan el espejismo de un cambio real. Él, sin embargo, se ufana, se desgañita, agota toda su energía golpeando la cabeza contra la pared y más de una vez se abre el cráneo intentándolo.