Bastardos Melancólicos.

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(Contiene spoilers menores. Para una serie que terminó hace 7 años. El título fue robado a un libro de mi amigo José Villafañe, que se puede bajar aquí.)

1. Sociedad.

Esto es quizás una revelación baladí, pero últimamente estuve pensando que las series que realmente valen la pena tienen algo que decir al respecto del concepto de sociedad. Desde una sociedad moderna que aplasta a los hombres mientras gira en un perfecto funcionamiento viciado (The Wire), pasando por una sociedad familiar con sus propias reglas que van en contra de las reglas de la sociedad más amplia (The Sopranos) hasta una sociedad en un punto límite entre la descomposición y la transformación en algo nuevo (Mad Men).

Quizás es un poco obvio decir esto, pero comparando algunas de estas series con sus contrapartes más prosaicas en esta auto-denominada “época dorada de las series” uno se da cuenta de algo: en series como Dexter, House, Lost, etc, los personajes están completamente divorciados de un contexto. Son simplemente personajes en un sentido tradicional del término, excepcionalidades de la trama que mueven hacia delante su resolución, que circulan por un mundo que parece diseñado para facilitarles su triunfo y no por una sociedad repleta de restricciones, elementos móviles impredecibles, deseos encontrados que a menudo chocan.

En ese sentido, Deadwood pertenece a ese selecto grupo de series clase A que se destacan por sobre las demás por su manejo del mundo en el que los personajes están inmersos más allá de su propio narcisismo. Y si The Wire muestra una sociedad que funciona disfuncionalmente, Deadwood se preocupa por mostrar el nacimiento de una comunidad en el desierto, algo que está muy en línea con las preocupaciones clásicas del western, pero que quizás nunca fue mostrado de una manera tan puntillosa. A lo largo de sus tres temporadas si hay algo que queda claro es que todos deben cumplir un rol, que cada habilidad debe ser utilizada en pos de la funcionalidad del todo. Cada personaje de Deadwood, algunos de manera reacia, otros de manera natural, se vuelven lentos engranajes a lo largo de su desarrollo. Hay funciones que son tradicionales y reconocidas de manera amplia (sheriff, cura, médico) pero también hay funciones menos santas y menos “normales”, como proveer de putas al pueblo, encargarse de los cadáveres de tipos asesinados (se los dan de comer a los chanchos) o simplemente proveer entretenimiento que se escape de la rutina diaria. Y todas esas funciones son cumplidas por alguien, alguien que no necesariamente trabajó para llegar ahí, sino que encontró su lugar de manera a menudo caótica y casual.

Porque antes de eso no hay nada. Antes de ese pueblo de mierda enclavado en la mitad de Dakota, con sus calles de barro perpetuamente enlodadas no hay ningún tipo de orden. Hasta el más ladrón, asesino, estafador, hijo de puta de Deadwood lo sabe, y por eso de manera contradictoria y refunfuñante trabajan para que ese pueblo siga en pie.

2. Espacio.

Lo segundo que uno percibe en la serie es que existe en un territorio sumamente acotado. Es un pueblo, pero una mínima unidad de pueblo. Una calle que pasa por el medio, un montón de casas alrededor, que se van espaciando a medida que el pueblo da lugar de forma imperceptible a los bosques y las montañas que lo rodean.

Toda la acción que observaremos a lo largo de la serie sucede en ese confinado espacio geográfico. No hay ninguna escena que esté filmada afuera. Incluso, durante muchos capítulos, los espacios a través de los cuales se mueven los personajes son aún más reducidos que la totalidad del pueblo: la oficina de Al Swearengen (proxeneta, asesino, personaje maravilloso), el hotel de E.B. Farnum (arrastrado, sicofante, estafador), la ferretería de Bullock (el supuesto hombre recto del pueblo). Si cada personaje en Deadwood tiene un rol social definido (y aquellos que no lo tienen no encuentran su lugar en el mundo que los contiene) también, cada uno, tiene su espacio en la trama arquitectónica que se despliega a su alrededor.

Esto tiene un impacto importante en un asunto de la mayor importancia en esta gran serie: el manejo de la información. Cuando todos se desplazan por un espacio tan acotado, quién está con quién, quién entra a un determinado edificio o quién vuelve al pueblo después de una ausencia prolongada se vuelven temas de la mayor de las actualidades. Swearengen parado en su balcón observando el movimiento de la calle principal y Hearst destrozando su habitación en el hotel de Farnum son, quizás, las dos imágenes más icónicas en este respecto, pero también está el pasadizo que conecta el periódico con el bar de Al (la vieja alianza periodismo con política en un micromundo) y el callejón de los chinos, lugar oscuramente delineado en donde todo puede suceder y en donde parece que los personajes principales desaparecen en un agujero de conejo, el preludio de toda acción ruin. Es notorio que el crecimiento del pueblo se demuestre de la manera más prosaica posible con el agregado de nuevos edificios. Una escuela, un teatro, un banco.

Por otro lado, este verosímil y reducido manejo del espacio tiene la consecuencia de resaltar continuamente lo poco y lo mucho por lo cual los personajes están peleando: una calle, un montón de viviendas, un pueblucho que va desapareciendo a medida que se acerca al bosque y las montañas. Pero al no salir de ahí, todo eso se vuelve inmensamente importante, porque es todo el mundo que conocemos y quizás el único lugar donde esos personajes podrían prosperar.

3. Tiempo.

Otra cosa que Deadwood reduce a su máxima esencia es el tiempo. Todos los capítulos transcurren en el marco de un solo día y cada temporada cubre un período de aproximadamente dos semanas. No siempre duran la totalidad del día (o el capítulo termina a la noche) pero no hay saltos temporales. No hay flashbacks ni flashforwards ni ningún truco gracioso para llamar la atención.

Eso quiere decir que experimentamos el tiempo como lo experimentan los personajes, de una manera lenta, pequeña, compuesta de un montón de actividades diarias, de largas horas de estar sentado en un bar esperando. Como en la vida real, bah. Eso también quiere decir que los eventos que estructuran las vidas de los personajes en general son acontecimientos que desde nuestra perspectiva parecen menores. La llegada de una diligencia al pueblo, una pelea en la calle principal, un caballo desbocado.

Muchos capítulos están construidos alrededor de eventos que agrupan a todo el pueblo al final del día, pero estos eventos son más bien ordinarios, lo cual llama la atención sobre la dificultad y singularidad de montar algo así en un pueblo que parece, todo el tiempo, a punto de disolverse en la nada. Una boda, una noche de talento amateur, un entierro apropiadamente ritualizado son hechos que movilizan a toda la población, a pesar de que su concreción siempre tenga algo de improvisado, de creación inestable atada con alambre.

El otro uso que se le da a esta decisión temporal es el acumulamiento de días. No todos los capítulos suceden en días contiguos pero la mayoría si, especialmente en la tercera temporada, y es notorio que logren mantener la tensión y la sensación de que están pasando un montón de cosas cuando gran parte de lo que sucede depende de interacciones personales, cara a cara, de sutiles juegos de poder. A menudo algún personaje dice “tal y tal cosa que sucedió ayer” y uno piensa “¿¡eso pasó ayer!?”. En ese sentido, los estallidos de violencia puntúan la temporalidad de la serie de la misma manera que los períodos de espera y las discusiones. En un mundo de temporalidades mínimas, todo aquello que sucede es importante y se va acumulando.

4. Salud / Violencia.

En Deadwood enfermarse es una cosa muy seria. Así como sus calles están recubiertas de barro, agua y excrementos humanos y animales la mayor parte del tiempo, sus personas también están siempre en la fina línea entre la salud de hierro de un habitante del salvaje oeste, curtido por el sol y las alimañas, y la muerte más patética por motivos que en estos tiempos serían fácilmente solucionables.

Tres son los episodios más destacables en ese sentido: el tumor cerebral del cura en la primera temporada, los cálculos renales de Al Swearengen en la segunda y la enfermedad de Cochran, el médico, en la tercera. Todos son hilos argumentales importantes a lo largo de cada temporada y si hay algo que propone la serie es que la brutalidad siempre va a ser mejor que la lenta decadencia o la convalecencia. Al termina matando al cura como un acto de compasión; luego debe someterse a una exploración poco amable de mano de una de sus prostitutas para lograr arrancar las piedras de su interior y finalmente le grita a Cochran, sacándolo de su estupor (ah, la posible tuberculosis de Cochran, uno de esos elementos tristes que Deadwood nos deja ponderando ¿acaso iba a tener un mayor desarrollo? Nunca lo sabremos). Por algo el médico el primer personaje que tiene una función dentro de ese pueblo, que es introducido como el sujeto que ostenta un oficio vital dentro de la comunidad desde sus inicio, a diferencia del conjunto de vagos, borrachos y buscavidas que componen al resto de los habitantes. Podés no tener gobernador, pero necesitás un médico.

Por otro lado la violencia es una constante en la serie y genera, como es obvio, problemas corporales muy graves, pero que los personajes parecen encarar con una filosofía de “sentarse y bancársela”. Cada vez que la violencia aparece, además, es generalmente violencia de puños, de mordeduras, en una ocasión memorable de arrancar ojos. Las armas están, por supuesto, presentes, pero lo más interesante que tiene Deadwood es la manera en que contrapone lo súbito y de alguna manera deshumanizante de una muerte con armas (especialmente en una muerte importante de la primera temporada) con lo personal y artesanal de una muerte con cuchillos (Al Swearengen solo mata con cuchillos, un arcaísmo que sin embargo el defiende como un motivo de orgullo) y lo varonil y caballeroso de la pelea con puños. Esta última, además, es siempre brutal y difícil, con cuerpos que sostienen palizas de forma admirable a la vez que sangran profusamente, en un doble juego que aúna dureza y ser solo un saco de carne. Cuanto menor es el contacto, mayor es la facilidad para matar, y es notorio que muchos de los actos más ruines y traicioneros de la serie se realicen bajo la protección de la noche y, en una ocasión, con la ayuda de máscaras.

5. Mujeres.

Algo que los westerns manejan de forma compleja es el rol de la mujer en una situación de frontera extrema. En general, los personajes femeninos en los westerns oscilan entre la puta de buen corazón, la mujer dura que se mimetiza con los hombres, y la buena mujer que llega ahí arrastrada por su marido o algún emprendimiento comercial y debe aprender los duros códigos del oeste.

Estos tres estereotipos están representados en la serie, en la forma de Trixie, Calamity Jane y la viuda Garrett (luego Ellsworth). Pero la permanencia de los personajes a lo largo de la serie nos revela más que lo que podría un pantallazo general en el marco de una película. Si hay algo que Deadwood siempre hace con sus mujeres es mostrarlas a la vez capaces de una adaptación admirable y de cumplir funciones que muchas veces son soslayadas por los otros personajes pero a la vez limitadas por la jaula de hierro de una época en la cual nunca pueden llegar al poder real.

Así, la viuda Garrett pasa de ser un pobre corderito adicto al láudano, a una mujer fuerte que se banca tener una mina gigante y un banco, pero que sin embargo puede ser intimidada de manera brutal por George Hearst, con una sola frase, terrible: «You indulge yourself too much». Y Trixie puede avanzar de ser una simple prostituta a hacer las cuentas de la ferretería, engancharse con Sol Starr, terminar trabajando en el banco, pero cuando le dispara a Hearst todo el sacrificio necesario para cubrirla (porque ni siquiera logra matarlo) es realizado por hombres y ella es obligada a ocultarse. El caso de Calamity Jane es el más curioso, porque debajo de toda su fanfarronada y bardo, es uno de los personajes más vulnerables de la serie, que no se puede cuidar ni a si misma, que se asusta continuamente de todos los hombres fuertes del pueblo, que solo puede beber como cosaco y terminar tirada y filosofando de manera confusa en algún charco. Calamity Jane es una niña grande, perdida en el oeste. Joanie Stubbs es otro caso similar, continuamente tironeada de un lado a otro, tratada como una posesión por Cy Tolliver, pero sin embargo capaz de levantar su propio burdel que termina mutando en una escuela. No por nada otro de los tristes puntos inconclusos de la serie es su relación con Jane.

Deadwood tiene muchos mejores personajes femeninos que muchas series que se desarrollan en el presente, pero nunca se hace ilusiones sobre la última imposibilidad de su desarrollo como sujetos independientes de fuerza. Trixie lo expresa muy bien en la tercera temporada cuando dice algo así como “Supongo que mientras tengas concha no importa si sos la dueña del banco”.

6. Lenguaje.

Si hay algo, sin embargo, que separa a Deadwood de una serie con pretensiones al verosímil es su utilización del lenguaje para construir diálogos completamente estilizados e individuales para cada personaje. Esto es probablemente más notorio en la cadencia de Al Swearengen. Al habla y habla y habla en su bar, en su oficina, en las calles de Deadwood mientras camina con algún nuevo visitante. Habla y explica sus planes con un léxico digno de un escritor (o parlamentario) de mitades del siglo XIX. Habla porque sabe que ninguno de sus secuaces puede esperar a entenderlo. Además, Al lee, cosa que no es común entre los habitantes de un pueblo de frontera, y se ve interesado por el uso de la palabra impresa como un medio de presión y publicidad.

E.B. Farnum, el arrastrado y repulsivamente encantador dueño del único hotel de Deadwood, tiene un libro de citas en inglés que “memoriza olvidando los autores” y su manera de hablar une la amabilidad más falsa con una pomposidad digna de quién tiene un concepto de sí mismo demasiado elevado. Charlie Utter, quién llega al pueblo como amigo de Wild Bill Hickok y se queda como ayudante del sheriff, suele enredarse en explicaciones largas y complicadas cada vez que tiene que comunicar algo que lo pone nervioso. Calamity Jane expulsa las palabras como una fuente de estallidos, a los gritos y con términos simples, puntuando cada oración con un fuck o algún otro insulto. Cy Tolliver parece estar siempre masticando odio y utilizar la menor cantidad de palabras que no sean una expresión de su desprecio por todos aquellos que lo rodean, escupiéndolas de algún lugar cavernoso de su garganta. Jack Langrishe, el actor que interpreta Brian Cox en la tercera temporada, adorna sus discursos con la mayor cantidad de términos floridos para ocultar que no está diciendo demasiado. Hasta las dos o tres palabras que maneja Wu, el capo del barrio chino de Deadwood (si, Deadwood tiene un barrio chino) son geniales y pintan de cuerpo entero su personaje. “Swedgin!” “Cocksucka!”.

Los guionistas de Deadwood no se preocupan demasiado porque sus palabras sean históricamente precisas (de hecho, descartaron la mayor parte de las puteadas de época porque eran sacrílegas y no personales y no tenían tanto impacto hoy), sino porque tengan sentido en el marco del personaje para el que están escribiendo. En ello, hay también una admirable y genial compenetración actor-personaje-guionista, otro de los elementos que hacen a Deadwood tan grande. Cada uno de los actores parece habitar desde siempre esa piel, tan precisa y rica es la construcción del mundo de esta serie.

7. Swearengen.

A lo largo de todo este post se puede observar una presencia que lo sobrevuela como uno de los grandes factores de cohesión y emoción de la serie: el inmenso Al Swearengen.

No es ninguna exageración decir que con este personaje los responsables de Deadwood lograron una las creaciones televisivas más excelsas de esta era dorada de la televisión o cualquier otra. Basado en un sujeto real que, como lo describe su página en Wikipedia, llegó al pueblo no como parte de la primera ola de mineros, interesados en sacar el dinero de la tierra, sino en una segunda ola de habitantes, que estaban interesados en “sacar dinero de los mineros”. Esa es una de sus características más constantes: a Al no le interesa realmente nada más que el dinero y la posibilidad de realizar buenos negocios, y el marco de estabilidad necesario para que esos buenos negocios se desarrollen de manera satisfactoria.

Ese motivo primario lo lleva a mutar de manera decisiva a lo largo de la serie. Porque Al comienza siendo un villano, el antagonista principal de Bullock (quizás el personaje más flojo de la serie, a pesar de ser su nominal protagonista al inicio), un tipo brutal, violento y corrupto. Pero a medida que la narrativa avanza y los conflictos dentro del pueblo comienzan a agudizarse cada vez más, comenzamos a notar que Al, en realidad, es una fuerza de estabilidad (más no del bien). Al, en el fondo, es un político, un tipo especialmente capacitado para moverse en la arena sucia y cambiante de un orden que se está creando. Es un político del siglo XIX, todavía no cubierto por la capa de hipocresía y relaciones públicas que nos quiere hacer creer que los políticos actuales son un poco mejores. Un tipo que está dispuesto a matar y a prostituir con tal de mantener una sociedad estable. Cuando observa los movimientos del pueblo desde su balcón, con una taza de café en la mano, adopta la postura de un rey benevolente, infinitamente interesado en las andanzas de esos súbditos que sabe que nunca serán como él.

Por ello es que a medida que avanza la serie, el magneto, la fuerza irresistible que va dominándola, es Al Swearengen, que para la tercer temporada ya es el protagonista absoluto y ha relegado a Bullock al lugar del patiño (un lugar que, por otro lado, le queda muy bien y hace que su personaje adquiera un relieve que toda su moralidad no le había concedido nunca). Hacía el final todos, inclusive la audiencia, le están pidiendo a Al que por favor sea más inteligente, que por favor salve al pueblo.

En una serie en donde la mayoría de los personajes confiesan sus intenciones, deseos y aspiraciones en monólogos solitarios o borrachos, Swearengen es el maestro de la oratoria, y las escenas donde le habla a la cabeza cercenada de un indio que guarda en el armario, o donde cuenta parte de su infancia a alguna de sus prostitutas, en el medio de petes interrumpidos porque el stress no lo deja concentrarse en su erección, son algunas de las mejores de la serie, de las más conmovedoras, porque nos revelan la vulnerabilidad de alguien en cuyos hombros descansa un gran experimento.

Al Swearengen es uno de esos personajes fascinantes de ver en su evolución, una evolución que parece más dictada por las características del entorno que por su propia actitud, que se mantiene casi igual hasta el final. Solo que a los otros personajes les toma un tiempo darse cuenta de que están hablando con el tipo más inteligente en cualquier habitación. Y que si hay que dejarlo que mate, coja y engañe para que sea feliz, vale la pena.

8. Inconclusa.

Una de las cosas más tristes, sin embargo, de Deadwood, es su carácter incompleto. Luego de tres temporadas de éxito de críticas apabullantes pero ratings decepcionantes (junto con lo caro que es producir un show de época) HBO decidió no renovar los contratos de los actores. Durante años sostuvo la posibilidad de filmar dos películas especiales para televisión en las cuales David Milch, su creador y el showrunner con la peor suerte del mundo, pudiese concluir las historias de la serie, pero finalmente y luego de muchos años de negociar, alrededor del 2007 se comenzaron a desmantelar los sets y para el 2012, a pesar de su esperanza de que algún día se concluya, hasta el mismo Milch apuntaba que lo más seguro es que las cosas se quedasen así.

De ese modo, la serie tiene un final, pero no una conclusión. Muchas historias quedan interrumpidas y se nota demasiado que no es el final natural que sus creadores tenían en mente. Sin embargo, logra cerrar la mayoría de los conflictos que se desarrollan durante la tercera temporada. Y los cierra de una forma muy Deadwood: mal, con victorias pírricas o derrotas resonantes, con la absoluta incapacidad de los personajes principales para confrontar al Gran Malvado, con todo aquello por lo que habían peleado (la institucionalización del pueblo, las elecciones e integración dentro del estado de Dakota Del Sur) volviéndoseles en contra simplemente porque alguien tiene más dinero e influencia que ellos.

Deadwood se une así a la categoría de grandes obras inconclusas (no fallidas, ya que nunca decae su calidad) y parece decir que, como en el oeste, no son los pioneros los que se benefician, sino que a menudo les quitan el cuero cabelludo y son los grandes barones, los zombies y los vendedores de droga, con toda el peso del capitalismo y con peores guiones, los que terminan triunfando.


1 comentario en “Bastardos Melancólicos.

  1. irene

    lo tenía pineado hace años para leerlo después de ver la serie y ahora que ya la vi y sigo manijísima lo encontré de pedo en la oficina. Maravilloso post para una serie inmensa que me deja un hueco en el corazón

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